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La demagogia es la base del populismo, y ese coctel puso de moda espectáculos que producen furor o vergüenza. Gobernar bien es objetivo básico, eje central, compromiso insustituible de la política. Exige claridades doctrinarias, opiniones y no dogmas, seriedad y propósito democrático, alta dosis de responsabilidad para tomar decisiones. Por desgracia nada de eso preocupa a los populismos.
El ejercicio serio de la política, en una sociedad plural, supone buscar equilibrios y procurar consensos, avanzar en la justicia social y en la profundización de la democracia. Justamente esas fueron las grandes conquistas humanas del siglo XX. Superadas las guerras y colapsados los fascismos y los comunismos, el viejo mundo definió unas ideas-fuerza que se anunciaron como vocación universal para el nuevo siglo: “Estado social de derecho y economía social de mercado”. Colombia, por cierto, adoptó ese marco en la Constitución de 1991.
A poco andar, Europa comenzó a escuchar sonidos regresivos, envueltos en el discurso demagógico del populismo de todos los signos: Le Pen y Berlusconi, Lafontaine y Meyer, Farage y Salvini, se apoderaron de amplios espacios políticos. Lo mismo ocurrió en América: Kirchner, Maduro, Trump. Y, por supuesto, en Colombia no son pocos los políticos populistas, cuyo éxito resulta estimulado por la polarización.
No cabe en el marco de “Estado social de derecho y economía social de mercado” la idea de celebrar 55 años de un golpe de cuartel que instauró la dictadura en el Brasil, como lo quiso el presidente Bolsonaro. Pero eso no es todo: ¿tiene vergüenza su ministro de Educación, que se atreve a poner de ejemplo a Pablo Escobar ante la juventud de su país? No sin razón el Colegio de Abogados del Brasil presentó una demanda contra su gobierno en organismos de las Naciones Unidas.
Así mismo, son extrañas a ese marco las imposturas del señor Nicolás Maduro, que lo llevan a cerrar, irresponsablemente, sus fronteras con Brasil o con Colombia, desde su cómodo despacho de Caracas. ¿No se le ocurre pensar que quienes allí viven serán objeto de un injusto bloqueo que no merecen? No se da cuenta o no le importa —y ambas cosas son prueba de su ineptitud— que lacera en materia grave no solo la economía de la zona sino la vida cotidiana de sus pobladores más vulnerables.
Y qué decir de las camorreras jactancias del señor Trump que, buscando enemigos externos, le pide a su colega mexicano el cierre de su frontera con Guatemala, o insiste en construir el ya célebre muro del oprobio. Regaña incluso a sus amigos como el presidente de Colombia y reclama que “ese tipo no hace nada por nosotros”. Vaya cinismo político. Todo eso genera efectos deletéreos sobre el Estado de derecho y sobre el sistema democrático.
Las dinámicas del populista devienen en peligrosa farsa. Bajo su alero parecería que no se eligen mandatarios sino reyes —y a veces bufones— que no ganan las elecciones para servir sino para mandar y para hacer reír o para hacer llorar. Así no es la política. Hay que recuperarla de la perversión populista, rescatarla para fortalecer el Estado de derecho antes de que la situación llegue a un punto de no retorno. En el caso colombiano no resulta difícil: basta con recobrar el espíritu de la Carta Política de 1991.
* Exsenador, profesor universitario.