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Los pueblos necesitan algún tipo de épica que los movilice, escribió Juan Luís Cebrián, en El País de Madrid, a propósito de la muerte de García Márquez.
Aunque Gabo no significó una épica sino una mítica para los colombianos, sí narró la épica de su país. Lo hizo en medio de una historia centenaria que comenzó la tarde en que el padre del coronel Aureliano Buendía llevó a su hijo a conocer el hielo, y culminó cuando el último de sus descendientes, Aureliano Babilonia, al interpretar unos pergaminos descubrió que su ciudad sería arrasada por el viento y desterrada, para siempre, de la memoria de los hombres.
En un país sin mitos históricos, Gabo se convirtió en el único mito vivo de su historia. El secreto de su magia era que vivía como los hombres pero escribía como los dioses. En buena medida, gracias a él, los europeos dejaron de identificar a la América del sur con “un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver”. Tenía razón cuando, en su discurso de Estocolmo, les reclamó que aprendieran a mirarnos en su propio pasado.
Desde la provincia colombiana se elevó hasta la más alta cumbre del mundo a base de esfuerzo y de talento. Construyó un paraíso literario y ejerció un magisterio crítico en medio de un hondo respeto por la pluralidad. Esta virtud es muy escasa en un mundo proclive a las confrontaciones. En el caso de Gabo se hace evidente con solo mirar hacia sus amigos: Fidel Castro y Felipe Gonzalez; Bill Clinton y Juan Carlos de Borbón; Adolfo Suárez y Belisario Betancur; Carlos Fuentes y Álvaro Mutis.
Ahora ingresó a una historia sin tiempo, lo cual significa vivir para siempre. Como Cervantes, como Shakespeare, como Goethe. O como Homero y Bochica, una simbiosis fascinante que subyacía en su pluma, con la cual escribió la mítica y la épica de su patria, los dos únicos motores que sirven para hacer grandes a los pueblos.
La épica es histórica: testimonia la grandeza del pasado. La mítica es trascendental: explica cómo funciona el mundo y dónde se entrecruzan los sonidos del cosmos con los del corazón, y los del corazón con el cosmos. Eso necesita descubrirlo esta Colombia plural donde nacen y mueren todos los días hombres auténticos y mujeres heroicas. La realidad descomunal y diversa de su tierra se explica en la mítica y el periplo vital de sus hijos en las canciones de Francisco el Hombre o de Garzón y Collazos; en el pedal de Nairo o en los versos de Pombo.
El principal activo de Colombia no es económico sino espiritual. Gabo nos enseñó a manejarlo con el propósito de impedir que nos siguiéramos interpretando con esquemas ajenos, pues eso “sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos”. Necesitamos reconocernos en nuestra propia historia. Construir, desde ese activo, los puentes entre la realidad y la utopía para proyectar el futuro y no tener que aceptarlo como venga.
Gabo es una especie de imperativo categórico. Su vida ilustre y su obra inmensa, su corazón desbordado y su muerte simple demandan que los colombianos dejen de preocuparse por las sombrías historias de sus capos y las frívolas noticias de sus medios. La conciencia del mito es un legado invaluable capaz de imprimirles sentido de historia. Eso, en buen romance, es una legítima motivación para creer en sí mismos y una profunda razón de identidad colectiva.
*Ex senador, profesor universitario, @inefable 1