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‘El desajuste del mundo’ es un libro de Amin Maalouf, escrito hace un par de años, que formula serias reflexiones sobre lo que puede ocurrirle a la humanidad cuando las civilizaciones se agotan. Su lectura enseña la importancia de desaprender.
De hecho, todo lo que los seres humanos han aprendido durante los últimos quinientos años, ha sido enseñado por la modernidad. Incluso la historia y las ideas de épocas anteriores se estudiaron bajo el lente del pensamiento moderno. Y no pocas de esas cosas largamente aprendidas se volvieron paradigmas, que le dan razón de ser a las actuales formas de vida individual y de organización social.
Tal organización registró, en sus orígenes, las transformaciones propias del tránsito entre las poliarquías medievales y las monarquías modernas. Pero dicho tránsito se cumplió mientras la influencia europea sobre el mundo se desplazaba del ámbito de lo hispano al ámbito de lo anglosajón. La modernidad se abstiene de decirlo, pero antes, el poder debía ejercerse conforme a derecho y ahora sería absoluto y soberano.
Con el paso del tiempo el suceso moderno se identificó, casi por completo, con el desarrollo del capitalismo. En ese proceso se impuso en occidente la ética del éxito sobre la de la solidaridad. Pero además el estado-nación impuso el derecho, y la democracia –liberal o socialista- sobreideologizó las relaciones no sólo entre los estados sino entre los ciudadanos.
El siglo xxi trajo consigo nuevos vientos doctrinarios y nuevos sonidos sociales. En el derecho se abrieron campo nuevas teorías y la democracia abandonó sus apellidos sobreideologizadores, pero el estado-nación se mantiene como paradigma incólume. El ciudadano común sigue actuando bajo su amparo y –a veces sin darse cuenta- se niega a ver los factores de crisis que acusa.
Como dice Maalouf, el mundo vive entre múltiples y agudas turbulencias que perturban la vigencia de las instituciones y el sistema de valores sobre el cual está montada la civilización occidental. Hemos entrado en este siglo sin brújula, afirma, y quizás hemos entrado –también sin darnos cuenta- en una regresión que pone en entredicho lo que tantas generaciones sucesivas se habían esforzado en construir y en enseñar.
La semana pasada los alumnos de economía de la universidad de Harvard abandonaron masivamente sus clases en protesta por lo que llamaron la complicidad del ámbito académico –por acción o por omisión- en la actual crisis económica del mundo. En cierta forman sienten que ya ni siquiera se enseña, sino que se repite. Según su documento –que circula profusamente en internet- la función de la academia es ‘poner en duda las cosas’ y no aceptarlas sin el riguroso escrutinio de la crítica.
El suceso de Harvard se inscribe en el mismo gran marco. La modernidad –con su vocación universalista y uniformadora- creó tantos valores homogéneos como quiso, pero no supo proyectarlos sobre un mundo diverso, excluyente, plural. Esa falla la está pagando hoy toda la humanidad. Por eso, antes que seguir aprendiendo de la modernidad, es preciso desaprender si queremos construir la visión adulta de nuestras identidades, para manejarlas cabalmente en un mundo ‘glocal’.
Ex senador, profesor universitario
atm@cidan.net