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He allegado un manojo de producción literaria que proyecta la historia colombiana sobre unos escenarios de símbolos. Forma parte de nuestra novela histórica.
Probablemente “El siglo de las luces” de Carpentier, “Cien años de Soledad” de García Márquez, “La fiesta del chivo y “El sueño del celta” de Vargas Llosa son algunas de las más sobresalientes, entre las escritas por autores americanos. Pero quiero circunscribirme a obras colombianas, escritas en el presente siglo, las cuales enriquecieron nuestra escena cultural con motivo del bicentenario de la independencia.
La lectura del libro de Nelson González –cuya reseña hice en mi columna anterior- me dejó importantes reflexiones sobre el tema. Dice, para empezar, que la obra de Germán Arciniegas “El caballero de Eldorado” entrecruza las fronteras entre historia y novela, hasta el punto de convertir en tarea difícil la de establecer su género. Ingeniosamente Arciniegas dijo alguna vez a un periodista: “Los colombianos no tienen porqué escribir novelas. Con su historia basta”. Algo similar me ocurrió con el libro titulado “José María Melo, la razón de un rebelde”, de Darío Ortiz Vidales. Alguna vez le hice al propio autor el mismo comentario sobre su libro y –con su reconocido talento- me espetó este inefable aserto: “Es que Melo vivió una vida de novela”.
En fin, no hay novela histórica colombiana en la cual su autor, aunque está escribiendo literatura de imaginación, no esté también contando la historia de otra manera. La trilogía de William Ospina es un excelente ejemplo. Personalmente me parece que “Ursúa” es el mejor testimonio. “El pianista” de Jorge Eliecer Pardo narra, en torno a la figura de un músico alemán que llega a Bogotá hacia el medio siglo xx, toda la tragedia que significó el bogotazo. Carlos Orlando Pardo en “El beso del francés” recrea la historia de un personaje que llega a Colombia contratado por Mosquera, para acometer la construcción del actual capitolio nacional, pero termina en El Líbano siendo testigo de guerras civiles y conflictos sociales. El libro cuenta esa historia de otra manera.
Igual comentario merece Roberto Burgos Cantor con su novela “La ceiba de la memoria” que rehace los tiempos de la esclavitud en Cartagena de Indias; Víctor Paz Otero que novela las vidas de hombres ilustres como Bolívar, Obando, Mosquera. Carlos Villalba Bustillo que desmitifica la figura histórica de Núñez en “Wenzel”. Todo ello sin hablar de Juan Gabriel Vázquez en “El país de Costaguana”, de Carlos Bastidas en “Romance del guerrero olvidado”, de Hernán Estupiñán en “El nuevo reino”, entre otros más.
No sin razón Nelson González sostiene que así como es imposible la narración sin narrador, también lo es la historia sin historiador: “el pasado no se descubre ni se encuentra. Es creado y representado por el historiador en forma de texto”. Recordé entonces el estudio de Pablo Montoya sobre este apasionante tema, en donde construye una formulación apodíctica: la novela histórica es algo que ayuda a los hombres de hoy a comprender mejor la realidad de su país.
*Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net