Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Las dos grandes expresiones de populismo que hay en América son, ambas, peligrosas: Trump, una amenaza para la paz en el mundo y Maduro, el responsable de una tragedia de proporciones gigantescas. Uno y otro amenazan, también, la democracia.
Dos profesores de Harvard (Steven Levitsky y Daniel Ziblatt) publicaron un libro titulado How Democracy Dies (Cómo muere la democracia) en el cual, según el diario español La Vanguardia, se lee: “El presidente Trump es un individuo con menor capacidad de liderazgo que algunos mandatarios en repúblicas bananeras… Aunque Trump tal vez sea un presidente de república bananera, Estados Unidos no lo es”. En todo caso ha trivializado el gobierno y ha entronizado el insulto. Para Levitsky es un populista como Berlusconi o como Chávez y, por lo tanto, una figura peligrosa. “Carece de formación y de madurez para ser presidente y tiene instintos autoritarios”. Por fortuna los gringos cuentan con unas instituciones relativamente fuertes pues, de otra manera, podrían estar acusando señales de crisis.
Maduro es la contrapartida de Trump. Venezuela construyó formas democráticas, pero su presidente actual apenas sí lo es para una república bananera. Carece de formación y madurez para ser presidente —incluso para ocupar cualquier cargo de responsabilidad política— y cubre sus carencias con autoritarismo. Heredó una coalición de intereses, instalada en su cúpula, a cuyos miembros les conviene el statu quo. Venezuela no es un país con ejército, sino un ejército que tiene su propio país. Así fue Prusia en el siglo XIX, Alemania durante el Tercer Reich y Corea del Norte en los tiempos actuales. Nada que se parezca a separación de poderes, a control democrático, a Estado de derecho. Tampoco hay trabajo, pero sí desabastecimiento y una inflación cercana al 2.500%, la más alta del mundo.
Según la revista Semana el éxodo desde Venezuela es el problema más grave que afecta al país. El presidente Santos anunció mayor control migratorio para garantizar el ingreso de los venezolanos en forma “ordenada, controlada y dentro de la legalidad”. Por su parte los mandatarios territoriales pidieron definir una política pública capaz de resolver el problema. La declaración presidencial dice tanto que no dice nada. Los gobernadores y alcaldes muestran su incapacidad institucional para abordar un problema que se sale de sus manos. El Estado central les queda muy lejos y tampoco está preparado para enfrentar la tragedia que supone manejar un éxodo de dos millones de personas que necesitan empleo, salud y atención mínima a sus necesidades básicas.
La tragedia del populismo es que, fatalmente, produce tragedias políticas. Ignora las libertades, desprecia la ética, busca culpables en vez de buscar soluciones, usa retóricas demagógicas que mutan según la coyuntura. Mientras tanto sus élites dan paso a la corrupción, se enriquecen, se casan con la represión para conservar el poder. Hasta allá no ha llegado Trump, pero por ahí ya pasó Maduro. Los colombianos deben mirarse en esos espejos. El peligro que enfrentan no es el castrochavismo, sino los populismos de cualquier signo. En esta campaña se asoman algunos como amenaza de múltiples trampas. Por eso es clave elegir un verdadero estadista como presidente de Colombia.
* Exsenador, profesor universitario.