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No es lo mismo estimular la lucha política en el seno de una sociedad homogénea, la cual –por lo mismo- es inclusiva, que hacerlo en medio de una sociedad heterogénea, desigual, excluyente.
En el primer caso el resultado es participación, control ciudadano, enriquecimiento de la democracia. En el segundo, es confrontación, enfrentamiento ciudadano, dictadura de la mayoría.
Los colombianos han perdido mucho de su sentido de solidaridad y de su capacidad para la tolerancia. En buena medida el fenómeno pasa por la forma como venimos gestionando la democracia. Nuestra sociedad acusa hondas fracturas sociales y sus protagonistas privilegian la confrontación sobre el acuerdo. Es necesaria una reflexión colectiva en torno a la conveniencia de construir una democracia de consenso.
La polarización ha llegado a tales niveles que resulta ilusorio pensar siquiera en acuerdos mínimos entre sectores sociales con intereses distintos e incluso contrarios pero, en todo caso, legítimos. Estamos lejos de una verdadera democracia deliberativa porque nos seduce más la imposición que la controversia. Es más fácil: la imposición permite desconocer al otro y, si es preciso, aún queda el recurso de la fuerza.
Semejante noción pendenciera de la vida recibe estímulo dirigente pues todo indica que, tanto en el gobierno como en la corte suprema de justicia, se prefiere el enfrentamiento al diálogo. El choque de trenes -que ahora también es evidente al interior de las altas cortes- se origina precisamente en que los respectivos actores sobrestiman su poder y subestiman sus obligaciones.
La Corte Suprema –que debería ser simplemente una corte de casación- ya no habla a través de sus sentencias sino de los medios de comunicación, en un evidente afán de protagonismo de sus dignatarios. El gobierno no negocia, en el mejor sentido del término, con los demás poderes constituidos, sino que apela directamente a un supuesto respaldo de las mayorías nacionales, desestimando otros procedimientos.
Ahí se inicia un sainete con más actores que público. Me propuse conversar con el ciudadano común. Aquel que se guía más por su autonomía que por las declaraciones de prensa. Incluso visité algunos municipios pequeños cuyos habitantes viven una realidad cotidiana que buena parte de la cúpula de los poderes centrales desconoce. Sorprende su información, pero para ellos el choque de trenes es un embeleco de ‘doctores sin oficio’.
Esa actitud es preocupante, pero más allá de ella conviene precisar la razón del choque entre cúpulas y el grado de independencia de las ramas del poder público. Simplemente no hay colaboración armónica entre éstas ni interés por establecerla. Y temas como el de las bases norteamericanas en Colombia o la reunión de la rama judicial –en sus jornadas internas- con el embajador gringo desvirtúan todo asomo de independencia.
Quizá tenga razón nuestro modesto hombre de provincia, para quien el choque de trenes es un embeleco de doctores sin oficio. Él sabe lo permeable que es la autoridad colombiana a presiones externas e intuye que la reflexión aislada de esos doctores no garantiza mejores resultados que la reflexión colectiva. Y que ésta sí es capaz de lograr consensos. También tenía razón Gaitán: el pueblo es superior a sus dirigentes.
*Ex senador, profesor universitario.