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El país necesita rescatar la importancia de la política, imprimirle seriedad y, al lado del escenario representativo, darle contenido a la democracia de participación.
La política es el arte de lo posible. En una auténtica visión republicana es el sustituto de la guerra. Supone liderazgos con propósitos de consenso que garanticen la vida en comunidad, en medio de las diferencias. La política no es corrupción ni zancadillas, pero tampoco pragmatismo ni demagogia. La política es construcción democrática y supone respeto por las instituciones. Eso es lo que debe presidir las relaciones entre las distintas ramas del poder público y la gente. Eeso es posible.
En una sociedad tan heterogénea y desigual, como sensible y polarizada, es preciso cuidarse de la dictadura de las mayorías. En Colombia la actividad pública es proclive a sacar ventaja y a maximizar el interés personal. Pero si la política es lo que está dicho, no todo vale. No es antropofagia, ni exterminio del adversario, ni escándalo mediático, sino ejercicio del pensamiento y garantía para evitar el abuso del poder.
Eso es lo que hay que rescatar en un país como el nuestro, cuyo sistema presidencial impone al jefe del Estado el deber de construir puentes con los ciudadanos y con sus representantes, que sean aptos para la deliberación democrática. Eso tendría que hacerlo un ministerio de Gobierno: un ministerio de la política, que maneje las relaciones del gobierno con el Congreso, con los partidos y movimientos políticos, con las diversas organizaciones de la sociedad civil; un ministerio para recuperar la política y propiciar la creación de liderazgos, ojalá colectivos, con sentido de futuro.
La labor de un ministro de gobierno no puede confinarse a las cuatro paredes que enmarcan el canapé republicano. Su gestión ha de proyectarse sobre el ciudadano común a través de una pedagogía que haga reencontrar a ese ciudadano con la política, que lo induzca a participar y logre que las decisiones de sus representantes no sean producto de un acuerdo de cúpulas, sino de una deliberación para el consenso. Ese es el ministerio de Gobierno que hace falta en Colombia y su titular debe ser un Político en el mejor sentido del vocablo: así, con P mayúscula.
El ministerio del Interior es para ocuparse de otras cosas: las políticas de autonomía territorial y descentralización administrativa, el manejo del orden público interno y la seguridad ciudadana, las políticas de derechos humanos y de defensa de las minorías, la dirección de la policía nacional para garantizar su naturaleza civil, en fin, unas atribuciones que están inventadas y funcionan en otros países del mundo. La propia descentralización está relacionada con éste último tema, pues las autoridades locales son autoridades de policía. El ministerio del Interior en Colombia debe ser objeto de reingeniería. Pero lo que hace falta es un ministerio para la Política.
Ex senador, profesor universitaria, atm@cidan.net