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Se está cumpliendo en Bogotá el foro “¿Colombia unitaria o federal?”, organizado por el Congreso de la República, Colciencias y la Universidad Externado de Colombia.
Lo antecedieron otros que, como éste, promueven el debate hacia la aprobación de un Acto Legislativo y/o de las leyes necesarias para avanzar en la construcción de la inconclusa institucionalidad territorial colombiana. Debo destacar el interés de los senadores Jorge Londoño y Parmenio Cuellar por estimular un serio debate sobre un tema que, hasta hoy, le ha quedado grande a los últimos gobiernos, a la ley y a la jurisprudencia, pero que no puede quedarle grande al país.
Hay que desarrollar el modelo de autonomía territorial formulado por la Constitución del 91. El país no puede seguir prisionero de la dicotomía entre unitarismo y federación. Es curioso: todavía hay sectores académicos que defienden el régimen instaurado en 1863 con la simplicidad con que lo hizo el propio rector del Externado en reciente artículo de prensa. Por su parte otros, como el rector de la Universidad La Gran Colombia, hacen lo mismo con igual simplicidad y vehemencia, frente al de 1886.
Esa es una trampa histórica y política. Los dos regímenes mencionados son distintos pero se identifican en su ideologismo y en su objetivo de acomodar la realidad a sus dictados teóricos. Eso es propio de la modernidad, pero los tiempos actuales han demostrado que no es así como se construyen instituciones legítimas en este pedazo de América. Preocupa registrar tanta aversión, en las cúpulas del poder público, al modelo autonómico, entendido como algo distinto a los otros dos.
Suelo repetir que el movimiento de 1810 rechazó el centralismo colonial pero lo que formuló en su lugar fue la idea de autonomía. Con una visión local y apelando al viejo constitucionalismo medieval –ambos de origen hispano- el 20 de julio privilegió la constitución sobre la independencia e incluso la realidad vívida de la provincia sobre el concepto mismo de estado.
Luego de un proceso de búsqueda, en 1853 la generación del medio siglo, adoptó una Constitución autonómica. Infortunadamente el golpe de Melo le dio el golpe de gracia un año después. Se abrió entonces la puerta hacia la importación de mercancías ideológicas. La norteamericana que influyó en la Carta de Rionegro y la francesa que pedía regresar a la Carta de Cúcuta, sin perjuicio de aquella de raíces hispano-coloniales que no añoraba su constitucionalismo medieval sino su absolutismo moderno.
En Colombia la polémica entre la concepción unitaria y la federal es tan desgastante como innecesaria. La idea autonómica, en cambio, supera ese debate. Es más democrática que ideológica y mucho más propicia para una construcción institucional consecuente con nuestra realidad histórica, política y cultural. Esa fue también la idea del constituyente del 91 según se desprende de la simple lectura de la Carta Política. Basta desarrollarla para que el país avance hacia su encuentro consigo mismo.
*Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net