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Responsabilidades del G20

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La economía sabe más que la política. Se ha puesto de presente, otra vez, en la reunión de Seúl, que se inició en medio de lo que ha dado en llamarse la “guerra de divisas”.

El G20 nació hace una década como escenario de consultas y discusiones entre los países más desarrollados y las economías emergentes, entre las cuales figuran las de tres países de América ibérica. Su origen fue una resultante de la forma como las potencias venían manejando la economía mundial, en un foro de ocho grandes, que terminaron siendo los más afectados en la última crisis económica. Por el contrario, los países emergentes demostraron tener algún blindaje que les evitó mayores problemas.

La economía puede más que la política. Aquella obligó a esta a modificar la estructura tradicional, a la cual estaban acostumbrados los países más poderosos. En el siglo xx se habló de los cuatro grandes y luego del mundo bipolar que encarnaron USA y URRS. Más tarde quedaron los norteamericanos de protagonistas exclusivos hasta que, finalmente, ingresaron al privilegiado club el Japón y la Unión Europea.

Las cosas cambiaron con la emergencia de China, India, Rusia y Brasil. China comenzó a proyectarse como la segunda economía del mundo y hoy está ejerciendo, de hecho, ese papel. Devalúa artificialmente su moneda para hacer más competitivas sus exportaciones y obliga a los gringos a inundar de dólares el mundo para jalonar, también hacia abajo su divisa. Pero eso genera la fuerte reacción de los europeos y de otros de sus socios comerciales.

El pasado lunes Joaquín Estefanía escribió en El País de Madrid que a los gobernantes mundiales, como a los malos estudiantes, se les olvidó lo que habían aprendido. Están avanzando sobre un terreno vidrioso en el que los problemas de los banqueros no se han resuelto bien, pero los de los ciudadanos se han  agravado con la crisis. Y la diferente intensidad en las respuestas para resolverlos genera el malestar de los ciudadanos.

Pero además, el G20 tendrá que definir si la prioridad es el desarrollo económico o el saneamiento fiscal. Tales propósitos enfrentan políticas de signo contrario, en el sentido de que la primera tiene dimensión universal y la segunda doméstica. No se pueden estimular, con una mano, respuestas globales y aplicar, con la otra, medidas nacionales. Vuelve a ponerse de presente la imposibilidad del estado nacional para manejar problemas globales. El mundo ya no es nacional, es global. Más aún, es ‘glocal’, y a esa realidad deben irse adaptando los gobiernos nacionales.

En ese nudo está la razón de ser de lo que los estudiosos denominan democracia cosmopolita. Aquella que debe construirse para el cosmos (lo global) desde la polis (lo local) en términos que garanticen flujos políticos hacia arriba y retroalimentación económica hacia abajo, es decir, un esquema de cooperación global, ahora neutralizado por las contradicciones propias de la tradicional ortodoxia internacional

En cualquier caso, por su composición, que es muy distinta a la del G8 del siglo anterior, el G20 tiene una responsabilidad histórica: En su seno se mueven intereses, pero también países en donde vive buena parte de la población más pobre del mundo.

*Ex senador, profesor universitario

atm@cidan.net

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