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Desatar una guerra es tan fácil, como difícil resulta volver a la paz.
El mundo está lleno de ejemplos que lo prueban. El país también. Basta recordar las movilizaciones de 1810, que fueron eminentemente civiles y marcaron el origen de Colombia en medio del Derecho. Pero cuando comenzaron las guerras civiles, los enfrentamientos se prolongaron durante casi un siglo.
Con la guerra de los mil días, tan cruenta y dramática como pocas, el país tocó fondo. Inclusive le cercenaron territorio y, al decir de algunos cronistas, el propio jefe del estado tuvo el cinismo de exclamar: “De qué se quejan; recibí una sola patria y les entrego dos”.
En semejante crisis, juristas y empresarios de ambos partidos concibieron la idea republicana. Nicolás Esguerra, Carlos E. Restrepo, Carmelo Arango, entre otros, lideraron el proceso y, a su amparo, ingresó a la actividad pública una nueva generación. Se conoció como la “Generación del Centenario” y sus principales símbolos fueron Alfonso López, Eduardo Santos y Laureano Gómez.
Allí nació una vocación civil que distinguió a Colombia en el concierto americano. Había diferencias políticas y conflictos sociales pero, unas y otros, se tramitaban en términos políticos y no bélicos. La Violencia del medio siglo fracturó el proceso y, aunque el Frente Nacional lo recuperó, no fue por mucho tiempo.
En el marco de unas relaciones internacionales fluctuantes entre la guerra fría y la paz simulada surgió una idea funesta para el ejercicio democrático: la combinación de las formas de lucha. En ese marco resultaba imposible para el Estado de Derecho absorber la inconformidad social. El Frente Nacional se cerró sobre sí mismo y abonó los factores para la insolidaridad y la exclusión. Y todo eso se volvió explosivo con la aparición del narcotráfico.
El proceso de paz que ha abierto el presidente Santos no busca que desaparezcan los conflictos sociales. Sólo busca que se tramiten a base de una relación civilizada. Como lo quisieron el Republicanismo hace cien años y el Frente Nacional hace cincuenta. Entonces no se ponían bombas, pero se hacían cortes de franela. Y el país de entonces fue capaz de firmar armisticios. ¿Acaso, es imposible hacerlo hoy?
La paz es urgente porque el conflicto está mutando. Los grupos armados generan profundo rechazo ciudadano; sin embargo los mayores índices de violencia tienen otros orígenes. No son ya las guerrillas sino las pandillas juveniles que se están conformando en casi todas las ciudades de Colombia. No es tanto la pobreza como la inmensa desigualdad social la que estimula el conflicto. Al colombiano común lo asusta la violencia y lo atemoriza la inseguridad pero lo espanta la falta de futuro.
Lo que el gobierno debe hacer es revisar el marco de la negociación. En un marco punitivo, sin justicia transicional para quienes, desde los dos lados hicieron la guerra, sin perdón y sin propósito reconciliador será imposible lograr el país en que quepamos todos. No se trata de escoger entre una paz con impunidad y esta impunidad sin paz que hoy agobia al país. Es preciso ir más allá y abrir la mente hacia una cultura de la convivencia.
*Ex senador, profesor universitario, @inefable1