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En septiembre de 1960 Fidel Castro fue ovacionado en la ONU, después de pronunciar un discurso de cuatro horas y media.
Era el presidente de un pequeño país del Caribe que expresaba ante el mundo los lineamientos de su política, empinado sobre los primeros desarrollos de su victoriosa revolución. Castro se comprometió con todas las causas justas: Los campesinos sin tierra, los obreros sin techo, los jóvenes sin trabajo, los ancianos sin salud, las mujeres sin igualdad, es decir, las luchas políticas de todos los pueblos llenaban su agenda.
Su tiempo fue el de los albores de la guerra fría, que dividió al mundo en dos bandos irreconciliables. Poco más tarde la Cuba de Castro fue el eje de un enfrentamiento agudo entre el presidente norteamericano John Kennedy y el primer ministro soviético Nikita Kruschev, que tuvo al mundo al borde de una guerra nuclear.
Treinta años después del discurso de Castro se produjo el colapsó el socialismo. Cuba quedó como testigo solitario de lo que quiso ser una vocación revolucionaria anclada en la utopía y, quizás por lo mismo, incapaz de conectarse cabalmente con la vida cotidiana de hombres y pueblos. Colapsó porque su política era dogma, no doxa. Pero Fidel consolidó un enorme liderazgo, que lo proyectó como el testigo de su época.
En septiembre de 2015 un hijo de América del sur fue también ovacionado en la ONU. Además en la Casa Blanca, en el Congreso, en la calle misma. Francisco no estaba parado sobre el éxito de una revolución política sino sobre un sentimiento que venía de pregonar, precisamente en Cuba: la “revolución de la misericordia”.
Cincuenta y cinco años después de que Fidel se compromete con todas las luchas, Francisco se compromete con una sola: la convivencia. Por eso proclamó en su discurso el ideal de la fraternidad. Para alcanzarlo, dijo, es necesario promover la soberanía del derecho: “La limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho”. Un sistema jurídico de regulación de intereses, agregó, concreta la limitación del poder. Se refería, por supuesto, al principio del control. Francisco es el Papa de la democracia.
Afirmó en el Congreso norteamericano su condición de hijo de inmigrantes y, con infinita habilidad intelectual, tejió un hilo conductor a través del sueño americano para insistir ante los congresistas en la necesidad de preservar los valores emblemáticos que, históricamente, han distinguido a “the land of the free and the home of the braves”. El Papa consolidó un liderazgo universal que lo convierte en el testigo de su época.
El siglo XX fue un período de guerras y sobreideologismos. Un supuesto determinismo científico definió una concepción lineal de la historia que la hizo girar en torno a la lucha de clases: su gran líder tenía que ser un revolucionario. Pero la historia modificó su rumbo. Creó conciencia de pluralidad social y, en ese ámbito, el líder solo puede ser un demócrata. Hoy son pocos en la vida política. Por eso los desbordó un líder religioso que, ante todo, es profundamente humano. En este medio siglo –que marcó un cambio de época, los grandes líderes han sido dos latinoamericanos. Eso no es casualidad. Es un mensaje de futuro, un testimonio de la historia para el mundo del siglo xxi.
*El autor es exsenador y profesor universitario.