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Las recientes protestas en Ecuador, en Chile, en Bolivia, no opacan las que se han producido en Brasil, en Argentina e incluso en Colombia. Todas ellas están cruzadas por factores políticos como la corrupción y por factores sociales como la desigualdad. En Bolivia rechazan un supuesto fraude electoral y en Chile la carga de desesperanza que, paulatinamente, acumularon unas políticas públicas dirigidas a consolidar privilegios. En Argentina los gobiernos fueron derrotados por la inflación y en México por numerosos grupos sociales que perecen cooptados por fuerzas distintas al Estado. Semejante situación amerita profundas reflexiones.
La chilena Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, se atrevió a decir para la BBC: “Aquí no fracasan los gobiernos; están fracasando los Estados”, y la mexicana Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, reconoció en el diario El Tiempo que “la región continúa siendo la más desigual del mundo: “Se han transversalizado los abusos de tal manera que el tráfico de influencias entre el poder económico y el político se ha generalizado en todo el espectro ideológico”.
Daron Acemoğlu y James Robinson, en su bien conocido libro Por qué fracasan los países, ofrecen una sola respuesta: “Instituciones”. Es evidente que en nuestra América las instituciones son débiles, a veces demasiado débiles, y en ocasiones ni siquiera funcionan. El mismo Estado-nación, que se constituyó en el paradigma institucional de Occidente, fue pensado por los europeos para Europa. Su traslado hacia América no obedeció a un proceso de construcción nacional, sino a un artificio que enquistó la idea unificadora del mestizaje en una sociedad eminentemente plural. Eso explica la frase de Lagos.
El incremento de la distancia entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco —o nada— se convirtió en una amenaza para la estabilidad política y social. El fracaso del socialismo facilitó la emergencia de un individualismo puro, consignado en el Consenso de Washington. Eso indujo a impulsar el crecimiento económico sin desarrollo social. Hoy nadie serio cree en el fantasma del socialismo, pero cualquier estudioso serio acepta el fracaso del Consenso de Washington.
Es preciso recuperar lo social y superar la desigualdad, que es el más grave problema de este tiempo. Se hace necesario un compromiso con la equidad social, con el consenso político, con el pluralismo jurídico, con la participación ciudadana en las decisiones que la afecten. Eso no es tan difícil si se acepta que la institucionalidad democrática significa privilegiar la gente sobre las cosas. La democracia supone equilibrios, eliminación de privilegios, control al mercado y al ejercicio del poder. Por desgracia, eso no funciona bien en América Latina.
* Exsenador, profesor universitario.