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Un cambio de época

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Tal vez nunca antes la posesión de un jefe de Estado norteamericano había despertado expectativa semejante en el mundo. Claro, es la primera vez que asume ese cargo una figura de las características del presidente Obama.

Los Estados Unidos son un país de paradojas. Sus conquistadores persiguieron sin misericordia –casi hasta la destrucción- a la población aborigen, pero sus libertadores construyeron unas instituciones aptas para la tolerancia. Crearon una nueva forma de Estado –el federalismo- y un nuevo tipo de gobierno -el presidencialismo- pero consolidaron una cultura social conservadora.

Erigieron como símbolo la estatua de la libertad, pero se anexaron por la fuerza a Texas y a California. Por iniciativa suya nació la Liga de las Naciones, pero se convirtieron en el único país del mundo que, hasta ahora, usó armas atómicas contra otro. Han fungido como adalides de la democracia, pero respaldaron autoritarismos y abusaron de la fuerza contra individuos y pueblos, en un absoluto desdén por el derecho.

En medio de los ideologismos del siglo XX y de los pulsos de poder propios de la guerra fría, los norteamericanos se acostumbraron a mirar la política con el enfoque binario de buenos versus malos, y luego con la óptica del unilateralismo. Por eso fueron incapaces de asimilar mensaje plural que trajo consigo el reconocimiento de las expresiones multiculturales.

El gobierno de Bush se inscribe dentro de la línea más retardataria, excluyente y agresiva que haya dado la política de los Estados Unidos en toda su historia. A los colombianos nos recuerda al Roosevelt pendenciero de ‘I Took Panama’. Por el contrario, la era que se inicia con Obama se enmarca dentro del espíritu amplio de un hombre que parece tener conciencia de que está viviendo un cambio de época.

En efecto, los cambios propuestos por el nuevo mandatario no precisamente descubren nuevos mundos, pero modifican sensiblemente el comportamiento tradicional de los norteamericanos sobre lo que pasa ahora y aquí, es decir en su mundo. E intenta incorporarse a él con un auténtico sentido de historia.

En general, los norteamericanos se sienten como una especie de enviados de Dios. Eso se desprende de su vocación calvinista, la cual también los hizo ejes del capitalismo. Pero además el éxito del sueño americano los convirtió en centro del mundo durante cien años. Por eso fueron incapaces de asumir los grandes descubrimientos democráticos del siglo XXI: el multiculturalismo, el respeto a la diferencia, la inclusión del otro.

Suena extraño, pero mientras los españoles, por ejemplo, formulan la teoría de una alianza de civilizaciones, a propósito de la necesidad de convivir en paz con quienes tienen visiones distintas, inclusive opuestas pero, en todo, caso legítimas, los gringos suscriben las tesis de quienes ven en el conflicto de civilizaciones algo no sólo inevitable sino necesario.
 
Lo que hace a Obama vocero de un gran cambio es laa conciencia de que su país y su pueblo necesitan incorporarse al cambio de época que vive la humanidad, por encima de sus gobiernos. Pero claro, tratándose del país más poderoso de la tierra, esa posición tiene resonancias globales y alcances imprevisibles. Obama no recuerda al Roosevelt de Panamá. Recuerda a Hamilton, a Madison y a los personajes de ‘El Federalista’.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

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