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Una responsabilidad histórica

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Ayer en La Habana se fundieron, en un solo espacio, el punto de llegada de un proceso y el punto de comienzo de otro.

Tardó demasiado el país en decidirse a apagar las llamas de un incendio, cuyo origen no es claro para los más jóvenes de hoy, ni sus estragos dimensionados en medio de la polarización que invade el espíritu de los colombianos. Al parecer los sucesos de ayer entusiasman más en el exterior que en algunos sectores de nuestra sociedad.

Hace 58 años el maestro Darío Echandía, al asumir la Gobernación del Tolima, apuntaba que para los campesinos de su tierra ya no había paz del ánimo porque la crueldad sectaria arruinó su vida; ni fe porque vieron prolongarse demasiado el dominio de la injusticia; ni esperanza porque ya no creen en los valores sobre los cuales se asentó su actividad de ciudadanos. Ese juicio parece pronunciado para hoy.

El Frente Nacional superó la violencia del medio siglo y manejó una pedagogía que contribuyó sensiblemente a la paz. El historiador James Henderson apunta que en 1963, salvo pequeñas cuadrillas que se bandolerizaron, no había ya ningún grupo ilegal alzado en armas .Sin embargo, a poco andar, el sistema se cerró sobre sí mismo y fue incapaz de darle a la paz factores estabilizantes. Esa historia no puede repetirse.

Ahora, más allá de la ratificación de los acuerdos, será preciso superar el escepticismo de algunos y comprometer la voluntad de todos. Ello solo es posible a base de una pedagogía de la paz y, sobre todo, de la convivencia. Como dijo el presidente Santos ayer en La Habana, es necesario devolverles a los colombianos la esperanza. Los seres humanos necesitan creer en algo y sentir que su futuro será mejor que el presente.

El posacuerdo es una tarea de regeneración social. La paz no es ausencia de conflictos sino certeza de que, los que se presenten, se van a resolver a base de una gestión civilizada. Pero también es una tarea de recuperación institucional. Al ciudadano promedio no le están diciendo nada sus instituciones, y semejante desconfianza produce efectos deletéreos sobre la legitimidad, la justicia y la gobernanza.

Ahora vendrán las zonas de concentración y la ratificación de los acuerdos. Las primeras distan muchos de parecerse a las malas experiencias de Ralito y el Caguán. Los segundos son clave para blindar el consenso y evitar ulteriores errores o abusos. El último día de la guerra no es necesariamente el primero de la paz. Si se silencian los fusiles se acaba la guerra. Pero solo si se desarman los espíritus podrá construirse la paz.

Adenda.- Me resulta imposible no hacer breve comentario sobre la detención de Carlos Arturo Velandia. Antiguo miembro del Eln, en cuyas filas fue conocido como ‘Felipe Torres’, se sometió a la justicia, pagó condena y dejo todo aquello sepultado en el pasado. Decretada su libertad, se dedicó a la reflexión sobre la paz y al análisis de sus procesos en distintas partes del mundo.

Hace más de diez años se dedica a trabajar por la convivencia, primero desde España y ahora desde Colombia. Por lo que he leído sobre su caso, las razones de su detención no son claras desde el punto de vista jurídico y, menos aún, desde el punto de vista político. Velandia es un ejemplo auténtico para quienes creen que la política es un sustituto de la guerra. Su caso muestra que es preciso blindar los acuerdos.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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