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Abrir el periódico cada día constituye un acto de valor: nunca se sabe qué noticia terrorífica y disparatada nos ponga al borde de un ataque de nervios, de risa, ira o desconcierto.
En el Congreso se está discutiendo la posibilidad de acabar con la cremación de los fieles difuntos (digo difuntos, porque también creman a algunos vivos en ataques aberrantes). La excusa es la contaminación ambiental… como si eso fuera cierto.
Lo que sea se está cocinando, a fuego lento pero persistente, bien condimentado con compra y venta de condimentos (votos a favor), es la posibilidad de que, cuando exhalemos el último suspiro, nos metan en un tubo… no sé si con ataúd o a cuerpo limpio (o sucio) y nos hiervan en una solución alcalina que contiene 95 % de agua y 5 % de potasio, sodio u otra porquería. Que nos dejen hervir a cientos de grados de calor unos 180 minutos para reducir al máximo los fluidos corporales y entregarnos los huesitos; lo demás lo tiran a las aguas residuales… o sea, por el inodoro.
No sé si los huesitos van partiditos, en polvo o enteros para dárselos al perro en la sopa. Todo es posible…
Esta monstruosidad, según algunos H.P., es para “evitar la contaminación del humo de las cremaciones”, prácticas funerarias más amigables con el medio ambiente.
Curiosamente, el ministro de Salud, quien volvió trizas la salud, está en contra de esta propuesta, aunque se “patraseó después”, apoyando al ponente del proyecto, un tal Toro. Se rumora compra de votos y viajes gratis a otros países. Científicos forenses ponen el grito en el cielo.
Inadmisible. Ya sabemos que los colombianos somos desechables… la violencia de siglos nos lo ha demostrado y sigue demostrándolo, pero no hasta el punto de aprobar una ley que autorice tirar a los seres aguerridos a los inodoros.
¿Nadie protesta? Una vez jalen de la cadena no hay posibilidad ninguna de recuperar un tris de ADN. ¿Quién lo promociona? Obviamente el Pacto Histórico.
De polvo cósmico pasamos a aguas negras. El río Bogotá se podría inaugurar como el primer cementerio, ya que lleva años de entrenamiento con materias fecales. Ahora será portador de cuerpos fantasmales en estado líquido. ¿Y las calaveras? Pues candelabros. ¿Los huesos? Artesanías… y todos tan contentos.
Directo al tubo de agua hirviendo… y adiós para siempre. ¡Adiós!
Los únicos contentos son los peces del acuario presidencial y sus congresistas… los océanos cada vez más hediondos. ¡Un verdadero cambio… ese sí a fondo!