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Se aproxima la temporada taurina de Bogotá, en la Plaza de la Santamaría. Lidiadores de la talla de Morante de la Puebla, Andrés Roca Rey, Luis Bolívar, Enrique Ponce, Sebastián Castella, Antonio Ferrera, Colombo y Arcila, entre otros, serán los protagonistas de esta feria, y las dehesas serán de Ernesto Gutiérrez, Juan Bernardo Caicedo, Vista Hermosa, El Manzanal y Armerías. Estas dos últimas no sé de dónde salieron, pero saldrán al ruedo.
Se siente en el aire, no sé si serán imaginaciones mías, un cierto temor respecto a la violencia de los mal llamados animalistas, quienes desfogan toda su rabia y resentimientos personales contra los aficionados a la tauromaquia. Ya tenemos experiencia de aquella nefasta tarde en que cientos de personas, mayores, estudiantes y mujeres, fueron víctimas de atropellos físicos, insultos, golpes, empujones y agresiones diversas.
Me preocupa la banalidad de la nueva alcaldesa de Bogotá sobre el tema. Una cosa es que no le gusten los toros, otra muy diferente que no defienda con ahínco, a capa y espada, el derecho sagrado de las minorías, ya sean étnicas, raciales, culturales o de género. Ella sabe más que nadie del tema y con valor, honestidad y firmeza logró superar todos los obstáculos que le pusieron sobre su camino. Me parece incongruente.
No entiendo por qué convirtieron a la plaza de toros, por cuestiones politiqueras, en el florero de Llorente, donde se da rienda suelta a toda clase de desórdenes bajo el pretexto de defender al toro de lidia, que por cierto dejaría de existir si se prohíben las corridas. Esto tiene un trasfondo de populismo barato, electorero y carroñero.
Como afirma el jurista javeriano Alejandro Moreno Sarmiento, “las corridas de toros son una manifestación cultural reconocida por la Corte Constitucional. Los derechos culturales están en la Declaración de los Derecho del Hombre, el Pacto Internacional de los Derecho Económicos y la Constitución Política de Colombia. La tauromaquia es una manifestación cultural arraigada por siglos en la tradición colombiana. El mismo papa Clemente VII tuvo que reconocer la tauromaquia como esencia de la cultura ibérica”.
“La ley 84 de 1989 y la ley 1774 del 2016 sobre el maltrato animal exoneraron de su aplicación a las corridas de toros, las corralejas y novilladas, entre otras (…) La Corte Constitucional ha conceptualizado las corridas de toros como una expresión artística y a sus aficionados como una minoría cultural. El Consejo de Estado, en sentencia del 23 de septiembre de 2015, acogió el argumento de la defensa de los derechos de las minorías, convirtiéndose el discurso animalista en un nicho político aprovechado en contiendas electorales”.
El que no es aficionado que no asista; pero no tiene ningún derecho a agredir, golpear ni insultar a nadie. Cualquier incidente de violencia será exclusiva responsabilidad de la Alcaldía. Sin atenuantes.
Posdata. ¿Por qué, en un acto de berraquera, no prohíben los casinos, donde se arruinan familias enteras, se comercia con drogas, licores fuertes, y se da pie para encuentros clandestinos y venganzas? ¿Por qué no se prohíbe comer carne llena de hormonas tóxicas? ¿Por qué no se prohíbe cortarles las aletas a los tiburones? ¿Por qué no se prohíben los gallineros?
Posdata II. La Santamaría tiene el derecho inalienable de abrir sus puertas para esta fiesta, espectáculo de valor y arte, único y mágico. El toro de lidia no puede extinguirse como especie. El derecho de las minorías es sagrado. Punto.