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En la Casa de la Cultura- museo Horacio Rodríguez Plata de El Socorro, se haya una carta de gratitud escrita por Simón Bolívar dirigida a las mujeres santandereanas. En la misiva las llama “mujeres de rostro varonil”.
Estas mujeres arrechas, se subyugan sin embargo, en un departamento tremendamente patriarcal así en el imaginario se pondere su valentía y carácter recio. Son ellas quienes sostienen el mundo, pero son ellos quienes lo dirigen. Y son ellas, a qué negarlo, quienes patrocinan los comportamientos radicales de los hombres santandereanos.
Así es comprensible –pero no aceptable- que no exista una sola alcaldía que posea una oficina de atención a la diversidad, mucho menos que exista una política pública que considere la existencia de los seres transgénero. Ni siquiera como tema de salud pública o como asesoría del estado en educación sexual, se consideran, por ejemplo, las circunstancias de las mujeres transexuales que ejercen la prostitución. El Centro de Bucaramanga, el parque Antonia Santos, entre otros espacios, son los sitios de refugio para sobrellevar la invisibilidad y los peligros que amenazan cada día a mujeres y hombres trans que están aún más invisibilizados en comparación con homosexuales y lesbianas.
Allí en esos sitios concurren dos tipos de seres encerrados en sus respectivas cárceles. Hombres encerrados en el machismo y la virilidad que la sociedad les impone como forma de vida, pero que van tras la búsqueda de no sé qué satisfacciones. Y los trans que están más allá de valoraciones conceptuales de género y que en una amplia mayoría son segregados por la pobreza, pues no han terminado el colegio o no podrán acceder a la universidad o no serán aceptados en el contexto laboral porque ¿usted qué es? ¿Por qué se viste y actúa como hombre? ¿Por qué se viste como mujer?
En ese estado de cosas, la situación de los hombres trans, en comparación con las mujeres trans, es más complicada porque están sometidos a una verdad impuesta por una sociedad que no tiene la más rigurosa idea de qué se siente nacer con un cuerpo que no está en concordancia con el cerebro y el sentir. Están doblemente condenados porque no son machos. Y esta intromisión en los predios de los machos se paga literalmente con sangre, como en el viejo oeste con las llamadas operaciones de limpieza. Tampoco ayudan los pocos avances científicos en relación a la terapia de reemplazo hormonal y de configuración de órganos.
No son suficientes las noticias presentadas para mostrar el temor con el que se despiertan muchísimos hombres y mujeres en tránsito todos los días, ante la incertidumbre de desconocer –o saber- a quién le habrá tocado el turno de amanecer muerto o violado hasta en los mismos CAI sólo porque se descubrió que no era lo suficientemente macho.
En el país del desamparo viven la mayoría de los colombianos. A muchos se les mata a cuentagotas con un salario de hambre; a otros como los seres en tránsito hacia la búsqueda de lo que son, se les elimina de un tajo, como quien corta una planta venenosa.