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Humillados y ofendidos. Así parece que están la mayoría de maestros en Colombia después de que el senador Álvaro Uribe dijera que lo único que los maestros tenían era “la fuerza de la calumnia”. Y que, por ello, “nosotros le (sic) tenemos que decir al profesorado colombiano desde las plazas públicas que no estamos de acuerdo con que nos orienten a los muchachos, con que nos quieren (sic) llevar a una segunda Venezuela. No, déjenlos quietos que ellos no tienen la culpa, la culpa la tienen los profesores que los desorientan”.
Debo decir que como maestra de Literatura estas afirmaciones me resbalan, aunque escribir sobre ellas diga lo contrario. Me resbalan porque provienen del expresidente, por decir lo menos, más desprestigiado e inculto de la historia del siglo XX en Colombia. ¿Quién es este señor? Primero, un personajillo que sólo ha usado nuestra bella lengua española para defender sus negocios personales. En un país donde no existe coherencia entre lo escrito y lo realizado, este señor se ha erigido como el monarca de la falacia y el absurdo lingüístico y nos ha legado una serie de vocablos y expresiones que concuerdan con su accionar delictivo (su expediente asciende a 168 investigaciones).
“Le voy a dar en la cara, marica”, le dijo al fotógrafo Luis Fernando Herrera, la Mechuda, en medio del escándalo de su gobierno con las interceptaciones que hacían a periodistas, Corte Suprema, líderes sociales, opositores a su régimen. Expresiones con las que se podría conformar un Infame Diccionario del Crimen y el Engaño: “No estarían cogiendo café”, para evadir la culpa de su gobierno en ese capítulo negro de los falsos positivos que aún no se cierra. Y sí, como maestra he mostrado a mis estudiantes el dolor de las madres de Soacha y les cuento el número exacto: 4.382 personas asesinadas para hacerlas pasar por guerrilleros de las cuales, en 2.038 casos, permanecen impunes sus verdugos.
“Aplazar el gustico”, expresión que sintetiza el conservadurismo en materia de libertades sexuales durante su gobierno que profundizó una política de exclusión para la diversidad sexual y desembocó, en el gobierno de su primer elegido (Juan Manuel Santos), en el esperpento concepto sin asidero semántico llamado “ideología de género”.
“Buen muchacho” y “buen muerto». En estas expresiones, el adjetivo “buen” pronunciado por este expresidente adquirió en el primer caso una connotación delictiva pues así nombró con su cinismo descarnado a todos los asesores, ministros y cercanos a su gobierno que han debido exiliarse o están encarcelados por cometer delitos en nombre de su patrón. Puro y duro accionar mafioso. Y sí, como maestra de Literatura, he proyectado en clase los filmes de El padrino para hacer el parangón con la dinámica de la “seguridá democrática”.
Y en el segundo caso, la sublimación del adjetivo atribuido al muerto es la cúspide del descaro y la burla de la inteligencia de un país maleducado. Es bueno el muerto porque en ese estado no podrá oficiar como testigo en su contra en uno de los tantos procesos judiciales que tiene el hombre de “mano firme, corazón grande”.
Como maestra no me humillan ni ofenden sus afirmaciones (que son muchas más) porque sé de quién vienen. Quizás muchos maestros estén hoy humillados y ofendidos y con razón. Sin embargo, me asalta una duda, ¿qué estarán pensando los miles de maestros que trabajan en colegios y dos universidades para redondear su infeliz sueldo y son seguidores enardecidos del personaje de marras?