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La derrota de las puertas

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La guerra colombiana que ya pisa los predios de la tercera edad se ha llevado a muchos seres y haceres.

De los seres, podemos decir (casi sin dolor ante la anestesia colectiva) que son más de cinco millones de desplazados, es decir, un país de colombianos desamparados sin la oportunidad de vivir con dignidad, tirados por ahí en los puentes, en las aceras, en las invasiones o asentamientos humanos como de manera eufemística se les llama ahora. De los haceres, la guerra se robó tres que me parecen el extremo de la ignominia: impedir la sepultura de los muertos; impedir la dignidad gracias a la cosecha recogida y la interrupción de la vida a orillas de la puerta de la casa.

En tierra caliente (que es la mayoría del país por razones del calentamiento) se vivía de puertas para afuera. Por eso en el Caribe colombiano era posible velar a los muertos en el patio o debajo de los árboles sembrados en la entrada. O en los dos sitios cuando la difunta gozaba de una querencia colectiva. El espacio frío y protocolario de la funeraria no existía porque la muerte y su dolor convocaban a la risa que a eso de la medianoche se convertía en carcajada. Una carcajada aupada por el ron ingerido para sostener la amanecida de la velación.

En la puerta de la casa también era posible coger fresco a la hora del burro, es decir, cuando el reloj solar daba las dos de la tarde y secaba toda intención de hacer el mal. Y era posible la noche, de cielos con ejércitos de estrellas como cantó el poeta José Barros, la noche que recibía el rítmico movimiento de las mecedoras que hacían juego con el abanico que apaciguaba la sofocación.

La puerta de la casa también era escenario para sentarse en diciembre y sacar el equipo de sonido y encenderlo a todo timbal. Allí sucedía la parranda. Y el desenguayabo de los más perniciosos. Y también el juego de la bolita de cristal y la fundación de una cancha de fútbol para el partido de banquita. ¡Qué felicidad se desplegaba en la puerta de la casa! Abierta siempre de par en par para dejar que entrara y saliera quien quisiera: desde la brisa a traer rumores de otras tierras, hasta la vecina a contar el chisme más fresquito. Allí en la puerta de la casa, en el pretil, ocurrían estampas que anunciaban que todos los fervorosos debían salir a ver pasar la procesión del Santo Patrono. O todos hacían de la telenovela un asunto cotidiano mientras con la escoba en la mano se barría la terraza a las seis de la mañana antes de que el sol apretara su calor.

No sólo muñones, desplazados, más delincuencia, viudas fantasmas, madres huérfanas e hijos en igual condición; desaparecidos; miradas sin asidero ha dejado esta guerra. Está el dolor innombrable que provoca la interrupción cruel de una cotidianidad apacible y sin sobresaltos, es decir, el acabose de la vida misma porque a las seis de la tarde todos debían estar encerrados a la espera de la puntual ráfaga. El acabose de una vida que transcurre en un lugar como la puerta de la casa que es el corazón de la Colombia rural. Una cotidianidad heroica en su sencillez fue destruida con esta guerra que insisten en continuar unos señores que rara vez han mirado de puertas para afuera. 

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