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Se puede leer en una segunda acepción del DRAE que el adjetivo perverso configura a la persona que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas. Esta definición no refleja fielmente la fuerza semántica con que el vocablo perverso suele aplicarse, para calificar a las personas que actúan de una manera realmente vil, causando a otros un daño de gran intensidad. Y a continuación se lee: “No se trata de atribuirle a alguien una maldad pura y simple; tiene que ser una maldad de grueso calibre”.
Desde que la más reciente versión de la guerra en Colombia irrumpió a cargo del narcoparamilitarismo y de la narcoguerrilla, otra víctima de ella ha sido el idioma, ha sido objeto de una “maldad de grueso calibre”, veamos cómo entendemos esto: en el Caribe colombiano se acostumbraba a nombrar con el término paraco al panal de abejas o de avispas africanas que fundaban estos insectos en los árboles que crecían frente a nuestras casas o en la plaza o en cualquier sitio del barrio. Había que ser muy cuidadosos para no atizar la furia de estos animales, eran de conocimiento popular las secuelas que arrastraban las víctimas de los cruentos piquetes de estas avispas. La picardía característica del caribeño, y de la época de la niñez en general, ocasionó más de una carrera hacia el río para escapar del ataque voraz.
También se acostumbraba a llamar paraco al pelo afro, desaliñado, despeinado, al “pelo malo” que la presión social por blanquearse llevaba a usar el famoso producto “Aliser”. Es clásico el grito de la madre a la hija que poseía el “pelo malo”: “Niña, péinate ese paraco, que las avispas se van a confundir y van a venirse a vivir ahí”.
Pero aparecieron los paramilitares y además de derrotar a las puertas abiertas nos quitaron el valor semántico de esta palabra y, con ello, nos quitaron también los buenos recuerdos de infancia. Entonces decir paraco causaba terror y miedo o rabia cuando en las marchas se le gritaba al señor de la guerra que “el pueblo está verraco”, porque paraco entonces consonaba con verraco.
Otra víctima de la corrupción del idioma en su estado habitual y bello ocurrió recientemente cuando el presidente electo por diez millones de colombianos, Iván Duque, en un deprimente desconocimiento del protocolo para relacionarse con la monarquía española, logró que la bella costumbre de mandar saludos fuera objeto de burlas y ridiculización.
Mandar saludos era hasta antes de Iván Duque una gran atención con el destinatario. Uno sentía que hacía parte de los amigos especiales de quien le enviaba saludos. La ingratitud también se medía si te mandaban o no saludos, uno decía: «Imagínate, ni saludos me mandó», para connotar el olvido en que lo tenían: “Me le manda saludos a fulanito, que lo tengo presente”. Y uno moría de alegría ante tamaño gesto y recordación. Claro que esto también habría que abonárselo a Iván Duque, mostró su colombianidad ante el arrogante rey y tendríamos que habernos enorgullecido de que él rescatara la costumbre de entregar los saludos. El asunto resulta perverso cuando una se entera de quiénes fueron, según Duque, los destinadores, es decir, “la fuerza que mueve al sujeto a cumplir su objetivo”.
Dice el columnista Joaquín Robles Zabala que el Centro Democrático tiene a un rey Midas que, en lugar de convertir todo lo que toca en oro, lo transforma en mierda. Pues así está sucediendo con el idioma español y no nos damos por enterados.