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El viernes 28 de julio a las diez y veinte de la mañana, después de casi cuatro días de agonía, murió mi madre Amely Athías —la niña Ame— en el Hospital Internacional situado entre Floridablanca y Piedecuesta en el departamento de Santander. A esa institución hospitalaria que queda frente a Ruitoque Condominio fue trasladada por orden expresa de la EPS Coosalud-Bogotá, porque Coosalud-Bucaramanga nunca nos dio la oportunidad de sacarla de una clínica de garaje llamada Gestionar Bienestar.
En la década de los noventa, asoló a Majagual y a la región de La Mojana toda un comando de paramilitares dirigido por un bandido feroz a quien apodaban El Tigre. A la popular y querida tienda de mi madre se acercaba este hombre con la intención de cobrarle un impuesto de guerra llamado vacuna. Pagar para que no te mataran, pero había una gran posibilidad de que lo hicieran. Mi madre, con su fe puesta en Dios, enfrentó muy sutilmente a estos bandidos y algunos comerciantes protegidos por El Tigre intercedieron ante él para que dejara de vacunarla. Pero también estaba la guerrilla que se sentaba a tomar el fresco bajo los árboles de pimientillo que ella había sembrado a medida que construía su casa de la Calle Central. Una, dos horas se estaban tomando avena y comiendo galletas de burro y luego se llevaban un mercadito para que se alimentaran los soldados de la revolución (esa era la vacuna de los guerrilleros). Con la llegada de la mal llamada pacificación paramilitar, la guerrilla se replegó hacia el monte y hacia las montañas situadas al otro lado del río Cauca conocidas como el cerro del Corcovado.
Sobrevivió la niña Amely Athías a estos bandidos. Sin embargo, no fue posible que sobreviviera a la indolencia y corrupción del sistema de salud liderado por ortopedistas que llevan años realizando intervenciones de dudosa procedencia y con resultados cuestionables desde el punto de vista médico; además de directores de pseudoclínicas respaldadas por los coordinadores de la EPS Coosalud-Bucaramanga que extrañamente se negaron a hacer cambio de ortopedista aunque se sostuvieron diálogos directos con él y se hicieron derechos de petición. Quizás para ellos lo esencial es facturar y engañar a los familiares del enfermo. Hacíamos todo lo que nos indicaban, incluso llevar médicos amigos externos para que supervisaran la evolución del estado de salud de la niña Amely Athías. Pero nunca nos hablaron con la verdad, respondían a la dinámica de las clínicas de fachadas que transformaron un derecho humano y básico en un negocio lucrativo indolente y desalmado.
Debo decir que ayer cremamos a la niña Amely Athías y la despedimos a ritmo de El Mochuelo, Dime pajarito, Los tiempos de las cometas, Tanto que te canto, algunas de las canciones que le gustaban. Debo decir que mi madre era una suerte de patrimonio humano de Majagual, el pueblo que es el corazón de la zona de La Mojana al sur del departamento de Sucre, y allá la están esperando porque parece que no les dejó la receta de la avena embotellada que alimentaba a tantos de sus paisanos. Debo decir que desde su tienda en la Calle Central la niña Amely Athías daba la impresión de que le estorbaba el poco dinero que tenía porque a todos ayudaba sin distingo de clase. Creo que ver cómo trataba a todos por igual, es decir, desde su comadre adinerada hasta el campesino más humilde, pasando por sus vecinos o el borrachito Perucho o el vendedor de El Meridiano (don Velo), fue el libro que mejor me formó.
Debo decir finalmente que en este país en el que los ciudadanos que pagamos impuestos, seguridad social y salud, servicios y trabajamos con esperanza de habitar una Colombia digna, la constante es esa dinámica de los máximos esfuerzos y los mínimos resultados que aplasta los sueños y nos hace sentir que batallamos con las mejores armas, para que día a día recibamos como trofeo un bulto de derrotas. No hay paz posible en contextos así.