Mujeres devastadoras

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Fue Cornelius Castoriadis quien acuñó la expresión “imaginario” para entender las representaciones sociales que con el transcurrir de los días y las décadas construimos. Un imaginario es una suerte de cosmovisión que creamos de acuerdo a ciertos comportamientos reiterativos –pero no siempre determinantes– de un grupo social. Así, un imaginario sería que por encima del hombre, del macho alfa, el peor enemigo de una mujer es otra mujer. Justamente porque son un tipo de mujer específico, quienes han aupado el machismo demoledor y maltratador.

Por ejemplo, en los ambientes laborales académicos, es reiterativa la presencia de lideresas, rectoras, coordinadoras, secretarias, maestras que hacen invivible el día a sus semejantes. En tanto que al empleado menos eficiente y simple, le facilitan servilmente todo, sólo porque es hombre. En la cotidianidad de los hogares, la madre conmina a la hija mujer a realizar los oficios, mientras el joven varón duerme a pierna suelta hasta mediodía. Es posible que hayamos alcanzado algún avance, pero sé que existen fuerzas vivas y públicas encargadas de exacerbar la situación de desventaja de las mujeres.

Cuando menciono a fuerzas vivas y públicas, me refiero específicamente a personajes femeninos como la diputada Ángela Hernández. Este tipo de políticos –hoy diputada, ayer  pastora– emerge como representante de ese tentáculo de la corrupción concebido por la  unión fanatismo religioso-política. Hija de un pastor, esta santandereana se hizo –para muchos– odiosamente célebre, cuando aupó las llamadas Marchas del Odio, y se encarnizó contra la ministra de Educación Gina Parody.

Lo hizo a punta de incoherencias, mal empleo del idioma en el excesivo uso del vulgarismo “habemos”, por ejemplo, en sus discursos enardecidos, y ante todo el empleo de  argumentaciones falaces para poner en la picota a las múltiples formas de familia y a la diversidad: “la familia no tiene color, la familia no tiene fronteras, solo tiene un hombre y una mujer que la conforman con determinación (…) por eso somos revolucionarios”-dijo en uno de sus discursos ante la feligresía peruana-;  y entonces, en el paroxismo de la incoherencia,  acuñó ese esperpento o idiotismo semántico conocido como “la perversa ideología de género”, arma estratégica de los promotores del NO en el plebiscito para que las Farc se desarmaran.

Uribista hasta los tuétanos, antes de su apoteósica entronización en defensa de la familia heteropatriarcal, Ángela Hernández no hacía mayores pronunciamientos en la Asamblea Departamental a donde llegó, gracias a los quince mil quinientos votos que le aportaron los feligreses de la iglesia a la que pertenece. Fue acusada de transfuguismo de Cambio Radical al Partido de la U, pero bueno, ello en Colombia no es delito, es la dinámica cotidiana y normalizada de la política. Y sus electores son una gran cantidad de mujeres que acuden a la iglesia que la abogada-pastora-diputada dirige. Marcharon, hicieron el daño que tenían como objetivo causar y siguen a este personaje que ahora usa tirantes, en una triste mimetización y pérdida de su identidad como mujer que combate a sus semejantes de género, pero defiende a un personaje tan anacrónico y cuestionado como el abogado y exprocurador Alejandro Ordóñez.

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