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El Paraninfo Santo Domingo de Guzmán del Campus de Floridablanca, Santander, de la Universidad Santo Tomás estaba lleno por completo.
Lleno de estudiantes y profesores, muchos de los cuales se han tomado fotos y en ellas sonríen orgullosos de posar al lado de Alejandro Ordóñez, un prestigioso hijo de la Facultad de Derecho de aquella alma mater. Pero estaban a punto de escuchar a un personaje contrario a Ordóñez. Un personaje de buen humor, que sabe escuchar, que no cree en las verdades absolutas, pero ante todo, que sabe perdonar y cree hasta los tuétanos en las bondades del diálogo y de los Acuerdos de La Habana, como un paso trascendente para derrotar a esa otra guerra sistemática y diaria que se llama corrupción.
Me refiero a Soraya Bayuelo Castellar, una periodista de El Carmen de Bolívar, municipio piloto de las más cruentas masacres realizadas por paramilitares y guerrilleros. Pero también municipio epicentro de la subregión Montes de María caracterizado por su vocación cooperativista en todos los sentidos: agrícola, social, cultural. Tanto es así que en los años treinta ya existía Asociación de tabacaleros y de mujeres agricultoras. La llegada de la guerra entorpeció las costumbres de asociarse, pero no la dignidad de los montemarianos.
De ello da cuenta Soraya Bayuelo, Premio Nacional de Paz y Directora de la Línea 21 del Colectivo de Comunicaciones de los Montes de María. Soraya descendió del atril asignado para su discurso y dijo que la cosa era horizontal, de igual a igual. Aquello creó un clima que permitió escuchar la franqueza de esta mujer aporreada por la incineración viva de su sobrina (a manos de la guerrilla) y la muerte de su hermano (por cuenta de los paramilitares asociados con la SIJIN).
Contó sobre el trabajo del Colectivo de más de quince años por mantenerse en pie de lucha para que la paz no muriera. Y cómo ahora con el proyecto El Mochuelo, el mismo al que le cantó Adolfo Pacheco, el mismo mochuelo que Joche se cogió para la novia del cantor se ha convertido en una metáfora de la memoria y de la no repetición, será un museo itinerante que volará a cualquier lugar del país para cantar y recuperar la palabra y la voz publica de las comunidades y hacer de la memoria un camino para el reencuentro, la superación del miedo y del dolor. Será una plataforma concreta de reparación simbólica ante las huellas dejadas por el conflicto armado. En su itinerancia pretende pensar el futuro, fortalecer la movilización social a través de los diálogos y el pensamiento campesino de organizaciones sociales y culturales del territorio montemarianos.
El auditorio estaba absorto con aquel discurso-testimonio de una víctima llena de esperanza, de perdón y de sentido común. En aquella mañana tomasina, Soraya dejó entrever que el asunto de la memoria en Colombia compete es a quienes no han padecido en carne viva las muertes, las masacres, el abandono del Estado por cuenta de la corrupción. Porque las víctimas de La Mojana (aún sin asistencia) las de Los Montes de María; Mapiripán, Barrancabermeja, Uribia, Caldono, Soacha, Tierralta…recuerdan, dialogan, están exhaustas y por ello perdonan, en contraposición con los citadinos que viven en su zona de confort y permanecen renuentes a perdonar, como tantos presentes en aquel auditorio.