Un hombre bueno

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Hoy escribo para recordar a un hombre bueno que construyó una familia que ha estado cerca de mí durante mucho tiempo. Escribir sobre un hombre bueno me hace correr el riesgo de que me clasifiquen como maniquea y extremista, cuando no que estoy polarizando. Pero asumo los riesgos. Voy a hablar (escribir) de un hombre bueno que hizo mi vida y la de muchos (muchísimos) grata y llevadera. Este hombre una vez me salvo la vida y también la de mi madre y la de sus vecinos y la de más allá de la calle que habitaba y las vidas de más allá del pueblo y las veredas que lo recibían como quien recibe una jarra de agua de panela con limón, después de un día bajo el sol de la siembra. Salvó más de cien vidas este hombre, que digo cien, más de mil. Y ustedes deberán hacer un esfuerzo para que la imaginación les alcance para configurar la significación de salvar más de mil vidas: mil vidas que multiplicadas de generación en generación hicieron crecer el bienestar a las generaciones subsiguientes.

No era un hombre atractivo, sino mejor dicho de una fealdad respetuosa. Él lo sabía y aprovechaba la protuberancia de su nariz y la piel rastrillada por un juvenil acné. Era alto y sin joroba (tal vez esa sea una ventaja de habitar en el Caribe) y siempre se peinaba hacia atrás. A mediados del siglo XX a este hombre con principios le faltaba dinero y le sobraba dignidad. Era un médico egresado de la Universidad de Cartagena. Atravesaba caños en canoas y en yonsos para atender al picado de culebra (por esas nuestras tierras las culebras tienen la virtud de convertir sus colmillos en pico), al herido de machete, a la parturiente que traía al hijo de nalga, al jinete que alcanzaba a presentir la posibilidad de su muerte justo en el instante cuando su cabeza iba derecho a estrellarse contra el camino de tierra compacta, al niño con vómito y diarrea.

A caballo, a pie, a pleno sol, a medianoche, cuando el sol concretaba al amanecer o sepultaba el día, atravesaba el monte para recibir a cientos de niños (ya se sabe la experticia en no tener más que hijos de nuestra gente)  que pegaron su primer grito después de ser nalgueados por el Dr. Farid Casij que se hacía acompañar sin más recursos que su sapiencia, el poder de la bondad y un botiquín bien dotado.

Su sola presencia aliviaba. Este hombre, cuyo tono de voz tenue podría hacer pensar a su interlocutor que no tenía mucho que decir, daba muestras de poseer una contundente máquina interior que lo llevaba a seleccionar las palabras y frases justas como si no quisiera desperdiciar una sola. Igual acaecía con su humor caribe basado en la anécdota que no ofende a los personajes involucrados en el gracejo.

Cincuenta años de su vida fue médico el Dr. Farid Casij. Sus cejas pobladas y encontradas hacían juego con las ojeras propias del fenotipo libanés que se encontró con la mujer caribe. Era posible medir el afecto que despertaba por la cantidad de ahijados que poseía. Quiso ser político en los tiempos del famoso dedo colorado o azul. Tiempos en que era imposible que el voto fuera secreto. Y fue dos veces diputado y quiso ser alcalde (de su pueblo, Majagual, Sucre) elegido popularmente, pero su corazón generoso y su bolsillo lleno de clase y principio (mas no de dinero) no estaba hecho para las truculencias de la política. El 18 de abril de 2007, a punto de cumplir ochenta años murió en el barrio Florencia de la ciudad de Sincelejo en el departamento de Sucre, Colombia. A su lado estaban su esposa (la niña Anita Caballero) y sus hijos María Raquel, Mitre, Idana y Aixa. Murió con la ilusión de que el Estado le pagara la pensión. Muchos por la salud, otros por un sensato consejo, aquellos por el buen humor, nunca olvidaremos al Dr. Farid Casij, un hombre bueno.

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