Volver

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No con la frente marchita ni con la nieve del tiempo plateando mi sien. Volver aun estando en mis papeles. Con esa desazón de llegar a hospedarte a un hotel comodísimo donde hay un balcón desde donde ves pasar a tus conocidos de infancia a pie (sin inmutarse con el palo de sol que curte la piel pero jamás el alma) o en moto. Volver para quedarte en un hotel cómodo en lugar de estar en la casa que levantaste con tu madre, que es una leyenda en el pueblo porque a todos ayudó y a todos acogió bajo los árboles de pimientillo que ya tienen más de 40 años.

Volver y oír a la gente que te grita en la calle el nombre cuando te distingue (allá el verbo distinguir significa identificar) y otros te miran raro porque no, porque antes eras flaca y ahora “no es que estés gorda, pero caramba, nena, cómo te conservas” y te abrazan y te recuerdan cuando andabas en bicicleta vendiendo El Espectador y El Heraldo. Y es imposible no llorar cuando se te vienen todos los recuerdos en estampida.

Tener un pueblo es un privilegio. Aunque a veces te sientas como una “ciudadana ilustre”, como en el filme argentino de Gastón Duprat y Mariano Cohn. Tener un pueblo para recoger los afectos heredados de tu madre y también los que “la fama” te ha otorgado. Entonces te reencuentras con una leyenda viva, es decir, con Juancho Sajona más conocido como Juancho Lalo, quien después de haber sido alcalde, mánager, músico, futbolista, hoy oficia como periodista de TC Mojana; o con la persistencia y sabiduría del historiador local Manuel Julián Díaz Arce. Y ver allí en la plaza donde jugaste fútbol, diagonal a la Escuela José Gavaldá, frente al estadero de Virubia, la tarima de aquel Festival de Arte presentando a los auténticos Corraleros de Majagual, y a ti que siempre te dijeron que si eras de Majagual de donde provenían los Corraleros (pero que nunca los habías oído tocar en vivo) se te llena el corazón de esa agua que sólo encuentra salida por los ojos cuando escuchas a los hijos de Alfredo Gutiérrez tocar Festival en Guararé, Anhelos, La camisa rayá y Calabacito alumbrador. Y descubres el milagro de Diofani, la eterna bailadora de fandango que baila sola, con su elegancia y sonrisa inmarchitable como si la música le otorgara una eterna juventud. O el abrazo del antiguo compañero de bachillerato que te presenta con orgullo a su mujer e hijos.

Volver para jugar el juego de recordar cuál era la vivienda de antaño que hogaño es reemplazada por una farmacia, un supermercado, un almacén o una ferretería. Volver para sentir las lágrimas de quienes extrañan a tu madre…

Yo no sé ustedes, pero esto de tener un pueblo es lo “más mejor” y también “lo más peor” que le puede pasar a una. Y de lo mejor y lo peor es que se hace la vida.

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