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Ciudades y arquitectura

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MÁS DEL 50% DE LOS HABITANTES de la Tierra vivimos en ciudades y en Colombia el 80% transitamos en menos de un siglo de un pasado campesino a un presente urbano y casi todo nos sucede en las ciudades o depende de ellas. Sin éstas no hay futuro.

Pero no es apenas de lo que allí acontece de lo que están saturados nuestros medios, es sobre todo de politiquería y no de política, la que precisamente se originó en las “polis” griegas. Se trata también de sus edificios y espacios públicos, en los que cada vez más tienen que ver los arquitectos. De ahí que su práctica, reglamentación, control, enseñanza y divulgación, sean cruciales para mejorarlas y con ellas nuestra vida.

Pero la arquitectura espectáculo, aún de moda aquí, no pasa “de construir modelos como los que se producen en Europa o Estados Unidos”, como reconoce el arquitecto Giancarlo Mazzanti (A. Abultaif, Credencial 283, 2010). Promocionada por revistas y premiada en bienales y concursos, se “justifica” en cuestionadas filosofías, que además no se conocen o entienden, y no en las necesidades económicas, sociales y culturales de la gente. Ignora climas, paisajes y tradiciones, y el proceso milenario de las ciudades, al que aluden  N. Salingaros y M. Mehaffy (El nuevo traje del emperador, 2003), las que deben dar tranquilidad, eficiencia y placer y no ansiedad, inseguridad y rechazo.

Y como las escuelas de arquitectura incitan a sus estudiantes a copiar las novedades y los miden según su adhesión a ellas, rápidamente las reproducen, y después de semejante “entrenamiento” causan enormes daños al tejido urbano preexistente con una “estética” retorcida y a una escala grotesca. Lo que afectará nuestra calidad de vida en el siglo XXI, ya que las ciudades no pueden ser una colección de formas abstractas y edificios que buscan solamente otro fundamentalismo geométrico, sino el escenario ciudadano de las futuras generaciones.

Apologistas de este despropósito, políticos ignorantes, medios vendidos a la pauta, contratistas corruptos, negociantes inmobiliarios y profesores sin arquitectura propia que enseñar, apoyan las imágenes foráneas y rechazan nuestras tradiciones. Pero, como creen Salingaros y  Mehaffy, la continuidad histórica y la democracia verdadera ya nos indican cómo reconstruir un ambiente urbano digno con una arquitectura contextual y sostenible, imperativa hoy, y debida a una verdadera comprensión de la vida, que reflejará el pasado evolucionando a partir de su pertinencia a cada ciudad.

Por lo anterior William J. R. Curtis, el importante historiador de la arquitectura, destaca que para Rogelio Salmona hacerla aquí era hacer política (Babelia, El País, Madrid, 2003). Pero para ampliar su ejemplo es preciso entender que pasado y  futuro de nuestras ciudades están en peligro, abandonar la pulsión de ser “modernos” como sea, y desenmascarar la ignorancia que ve la tradición como algo “reaccionario”. Como dicen Salingaros y  Mehaffy, toda arquitectura debe tener algo del pasado, y buscar un acuerdo entre clima, paisaje y tradición, como dijo Le Corbusier (Obra Completa, 1938-46). Mejor, reencontrarlo, pues ya lo teníamos en nuestra arquitectura colonial, muy urbana por lo demás.

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