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Alfred Russel Wallace fue uno de los investigadores más importantes en el estudio de la distribución de las especies vivientes en el planeta. Habiendo trabajado largamente en el Amazonas y luego en el sudeste asiático, fue capaz de identificar similitudes y diferencias entre la fauna y la flora de cada región del mundo, una observación que le llevó a formular, al tiempo que Darwin, la teoría de la selección natural, que también lleva su nombre. La biogeografía se convirtió desde entonces en fuente de verificación de la evolución de las especies, impulsada por las rupturas en la continuidad genética de las poblaciones de seres vivos debido a la aparición de barreras geográficas (un nuevo brazo de un río, una cordillera emergente, la separación de un continente) o una dispersión tan extensa de los organismos que, al reproducirse por vecindad, concentran ciertos rasgos que les separan paulatinamente de sus consanguíneos más distantes. A ello se le llama especiación.
El aislamiento geográfico produjo en las mentes de los soñadores y los viajeros ciudades y lugares inalcanzables, protegidos por sortilegios, selvas, montañas… o malos mapas. Aún hay quienes buscan la Atlántida o creen que la Manoa sigue perdida en medio del Amazonas: abundan los mitos de civilizaciones escondidas, aburridas de la decadencia de sus vecinos y el peligro de contagio de hábitos culturales indeseables. Hoy habitan en Colombia una decena de pueblos indígenas en esa condición, prevenidos del humano moderno, depredador, apestoso, letal.
El aislamiento, dado el tiempo suficiente, funciona como generador de diferencia, es creativo. Concentra rasgos mediante la endogamia biológica, por ejemplo, como hacen los pueblos con tradiciones de matrimonios arreglados. También estandariza la interpretación de los hechos bajo onto/epistemologías únicas que emergen de las conversaciones que durante siglos han madurado el conocimiento local. Cada pueblo tiene su relato del mundo y de sí mismo, y cuando esto se traduce en medidas de política y protección del territorio, el aislamiento permite resistirse a proyectos coloniales que pretenden imponer las perspectivas del invasor o el visitante: minería indeseable, educación impositiva, apropiación ilícita, turismo incompetente.
El aislamiento protege y crea, pero su fuerza se agota, es la contracara: nada está quieto en el mundo, todo lo que estuvo suelto se reconecta y reorganiza, se generan nuevos aislamientos para continuar con el necesario proceso experimental de la adaptación. Aislarse también reconcentra las mañas, las enfermedades, las prácticas culturales crueles o dolorosas que en la construcción de intersubjetividades podemos entender, pero no aceptar: la ablación del clítoris, la compra de votos.
El mundo avanza definiendo y derribando fronteras. Los parques nacionales de poco servirán ante el cambio climático si no los adaptamos a las nuevas condiciones del mundo, al igual que a todas las instituciones, aisladas cada una en su foco disciplinario o territorial. El COVID-19 sacude todo para recordarnos que las fronteras son buenas y malas, y que hay que romper unas y edificar otras, que sabemos efímeras, para que el mundo continúe. El más complejo, por supuesto, es el aislamiento de la mente, que nos deja la genialidad de los artistas o la pesadilla de los dictadores.