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Nada más infame que la construcción de muros en las fronteras, que prolifera en un mundo que se dice cada vez más globalizado, pero donde la convivencia entre diferentes se muestra también progresivamente imposible. Ante la espantosa iniciativa de construir el que divide a los Estados Unidos de México, alguien comentaba sonriendo: “Déjenlos, vendrá prefabricado con huecos pagados por la droga”. Para cada muro que esclaviza a sus constructores y vigilantes a perpetuidad, una sociedad que los perfora por debajo, por encima, por otra dimensión.
La creencia de que el mundo se puede gobernar delimitando no solo es contraria al sentido común, sino completamente insostenible: somos híbridos. No hay blanco y negro, no hay mujer y hombre, no hay naturaleza y sociedad, esas son categorías discursivas genéricas que tomadas al pie de la letra sólo causan destrucción. Todo lo que existe proviene del movimiento, de esa continua mezcla de los elementos, las personas y las cosas que permite al universo ensayar nuevas maneras de ser, innovar, responder a la incertidumbre de los tiempos. Entre más rígido e impermeable un muro, más estrepitoso su derrumbe y más inmorales sus consecuencias, más dolorosas. Por eso el arte de demarcar está siempre acompañado con el de conectar.
El secreto de la vida en el planeta son las membranas. Hace cerca de 4.000 millones de años surgió una estructura capaz de delimitar dominios con el fin de proteger las condiciones internas de la complejidad externa y por ello aparecieron las células. Pero hay que mirar de cerca para entender que esa función se ejerce precisamente creando una dinámica en la cual los elementos del muro pertenecen a los dos mundos y definen un camino de intercambio de interés mutuo, que equilibra las presiones entre el adentro y el afuera. Toda membrana es permeable y funciona de manera autoorganizada, no requiere un dictador, ni un mito que expanda el miedo, ni un aparato de seguridad: el núcleo de una célula y su aparato energético, la mitocondria, fueron en su momento estructuras independientes que se unieron simbióticamente.
Delimitar áreas protegidas, delimitar territorios ancestrales, delimitar ciudades para que cese su expansión, delimitar páramos o humedales, delimitar la frontera agrícola. Hay que tener cuidado de no estar construyendo los muros de la infamia del futuro cercano, más propicios para ser entendidos como desafíos para quienes quedan dentro o fuera sin un código de movimiento establecido, sin la flexibilidad de la membrana. El mundo no funciona como un conjunto de compartimientos estancos, el mundo es orgánico; la principal lección de la ecología como ciencia.
No hay que construir muros sino membranas, hay que reemplazar los existentes por estructuras orgánicas y hay que dotarlas a estas de inteligencia para aprender a evolucionar de manera que el adentro y el afuera reciban por igual los beneficios de su adopción. Necesitamos soluciones adaptativas y no confrontacionales para que, como la célula arcaica, se nutran del movimiento creado por los gradientes, pero no sean destruidos por la presión que causa ignorarlos.
Mejorar la gobernanza de nuestras membranas territoriales es uno de los retos fundamentales para el nuevo gobierno.