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Los periodistas son intocables. A Jorge Enrique Botero lo mandaron de garante a una misión humanitaria y eso quiere decir que no iba como reportero a sueldo de Telesur, es decir, de Chávez.
Su papel era el que supo entender Daniel Samper Pizano: no era protagonista sino escudo humano para que nadie hiciera una locura, ni el Ejército ni la guerrilla. No salir a cacarear como una gallina cuando un avión zumbó en las alturas. Por su ego y su alharaca casi se tira una importantísima liberación. Hay que saber cuándo hablar y cuándo callar, y eso Botero no lo hace si no es por interés propio (porque lo de Emmanuel sí fue capaz de callárselo un año).
Uribe es intocable: le dicen que un militar putea a los periodistas y él defiende al oficial diciendo que sabe nadar muy bien y que él nunca le ha oído mentar la madre. Pues claro, el hombre no le va a decir HP al ego del Presidente, pero sí a los periodistas. El comisionado de Paz es otro intocable. Ya lleva cuatro renuncias, cada una más ridícula que la otra, con pataletas, sainetes, salidas de escena y regresos a la palestra porque no se hace lo que él diga. Se despide más que un circo, y no se larga nunca, cada mes hay que hacerle reverencias a su inmenso ego.
Holman Morris es otro intocable con un ego que se sueña un argentino. Va a la OEA y a Human Rights Watch a que lo califiquen como persona protegida y el Gobierno le pone escoltas, pero el hombre se les vuela a los que lo cuidan y se va a la selva a hacerles reportería a secuestrados, eso sí, con libreto de la guerrilla. Y como el ego de Uribe y de Juan Manuel Santos no es menor, entonces declaran a Morris y a Botero guerrilleros, que tampoco, porque la vanidad y el afán de protagonismo no lo vuelven a uno guerrillero. Sin duda Colombia es el país de los egos revueltos y por eso vivimos en esta revoltura.