Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Por allá en el año 1966, cuando aún no existían el internet ni las redes sociales, Eduardo Costa, Raúl Escari y Roberto Jacoby, tres artistas argentinos determinados a revolucionar el arte para adaptarlo a la naciente sociedad de masas, tuvieron una revelación genial. En una sociedad mediatizada, dijeron, exponer obras de arte en una galería era un sinsentido. ¿Qué trascendencia podía tener su mensaje si sólo lo recibían 2.000 personas? Para que se esparciera por la sociedad, tenían que hacer algo distinto: encontrar la manera de mostrar la obra por televisión.
Ahí no se agotaba su planteamiento. Si la meta era filtrar un mensaje en los medios, tal vez bastaba con darle a la prensa un informe de la obra. No era necesario hacer cuadros, happenings o performances, sólo hacer creer a la prensa que se habían realizado. A la larga, a nadie le importaba si las cosas habían ocurrido en la realidad o no. La obra empezaba a sobrar. O mejor: se materializaba de forma diferente, no en la realidad, sino en la conciencia de la gente. La noticia le daba existencia a la obra inexistente.
Esta idea genial no tuvo mucho recorrido en el mundo del arte, pero en cambio se anticipó de manera visionaria a lo que sería la política de las últimas décadas. En aquella propuesta plástica estaba la semilla de la demagogia, de las fake news y del populismo, porque al final no fueron los artistas quienes infiltraron los medios de comunicación y las redes sociales, sino los políticos. ¿Y para qué? Para lo mismo. Para hablar de obras que no han hecho, de cosas que no han pasado, de soluciones que no tienen, y de paso para azuzar miedos, pasiones y guerras culturales que favorezcan sus intereses.
En eso parece consistir la política contemporánea, en domar los medios para ponerlos al servicio del líder, como hizo Perón y como ahora intentan hacer sus herederos. La ministra de Igualdad de España, por ejemplo, nos muestra cada tanto lo diferente y única que es en los vídeos que le confecciona su equipo de comunicación. No sabemos si hace obra, no sabemos si cambia la realidad; sólo vemos una performance de la que se desprende ideología y autobombo. Arte de los medios: no hay que hacer nada, sólo decir que se hace.
Para los populistas, la historia y los hechos son materia manipulable, un insumo para una ficción, para una obra de arte o un proyecto curatorial. Lo importante no es lo que ocurrió en realidad, sino la manera en que se ensamblan ciertos acontecimientos y el sesgo que se les da, para que al final transmitan el mensaje que les interesa que la gente crea. Los nacionalpopulistas son expertos en esta versión del arte de los medios.
Quien no controla la prensa, intenta infiltrarla. Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el presidente de México, reúne cada mañana a los periodistas en sus ruedas de prensa para imponerles una agenda informativa. Es él quien dice sobre qué deben informar. Intenta que el periodista trasmita su mensaje sin haber ido antes a la realidad a ver si hay obra. El informe que proporciona AMLO basta: artista de los medios.
Lo más grave es que funciona. La política contemporánea ha conseguido erosionar la realidad. Creemos cada vez más en los relatos, en aquellos que confirman nuestros valores y creencias, y es por ellos, no por obras concretas, que terminamos votando.