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Catorce del patíbulo

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DE TODAS LAS HIPÓTESIS SOBRE EL envío de los catorce jefes ‘paras’ a los Estados Unidos, la que más llama la atención por la conveniencia personal para el presidente Uribe es la de que demostró con su decisión que nada tiene que ver en materia de tratos con ese grupo irregular.

En realidad, puede ser uno de los efectos que él busca, confiado, de paso, en que así como los Rodríguez Orejuela se aguantaron silenciosos el golpe de la extradición, los caballeros de Ralito también lo asimilen. Al fin y al cabo, cuando esa gente se mete de cabeza en el negocio que manejó, tiene una norma consuetudinaria que respeta más que la norma positiva de Justicia y Paz.

Pero el problema de Uribe con la parapolítica no radica en que haya sellado o no tratos directos con las Auc: radica en que su última candidatura fue respaldada por los políticos que hoy están presos, más los que aún faltan, y por los jefes de bloques que antes de someterse al proceso de paz pusieron la condición de reelegirlo a cambio de que no los extraditaran. Entonces, ya se sabe que Uribe está fuera de peligro en ese sentido: su ingenuidad y el Comisionado de Paz   lo salvaron de enterarse de lo que ocurría a sus espaldas, de frente o de lado, y del compromiso de no echarlos para Estados Unidos.

Sin embargo, lo que mucha gente no entiende ni entiende la comunidad internacional es por qué si los votos fueron delictuosos para los senadores y representantes de los partidos uribistas, resultaron limpios cuando cayeron en el saco común de la elección presidencial. Que Uribe puso más votos que ellos, no se niega. Pero si quitamos la diferencia entre los votos de Uribe y los votos de la elección parlamentaria, hay unos milloncitos de sufragios nada despreciables que perfeccionaron el gesto patriótico de Yidis Medina y Teodolindo Avendaño.

Tampoco creemos que la extradición de los catorce desvíe la atención ni de la Corte ni de la opinión pública sobre el caso de la persuadida señora Medina, entre otras cosas porque tiene en veremos la legitimidad de la reelección. En donde incidirá, sin duda, es en los procesos de la parapolítica, pues los testimonios programados se dilatarán mientras las cortes norteamericanas tramitan los juicios abiertos por narcotráfico. Sería entonces cuando la sacramental falta de pruebas juegue a favor de los huéspedes de La Picota.

Por eso, el Presidente no dirá que acepta la segunda reelección o que renuncia a ella. Necesita tiempo para que su interés personal y el interés electoral de sus aliados converjan en el momento en que el estiércol de la parapolítica esté más seco y menos maloliente. Los éxitos en la lucha contra las Farc, además, justifican todo lo punible y dañado que aflora en el día a día de la Administración y los arreglos individuales con los congresistas de su coalición. Tal cual lo que ocurrió en Italia en los años de Andreotti, a quien apodaban El Inoxidable.

Entre tanto, la crisis nacional crece y no se columbra una solución cercana. La inteligencia superior de nuestro inoxidable no la ha podido concebir todavía, tal vez porque la tesis sobre la ilegitimidad de su reelección y la de los presos del Congreso le ha demorado su consulta a las colinas de la Historia. Los pecadillos sin penitencia anulan la lucidez o la limitan a sacudirse los estorbos de los bacalaos con más votos que moral, o de ciertos electores circunstanciales a los que hay que usar y desechar como adminículos profilácticos.

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