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LA DIPLOMACIA COLOMBIANA ES un despliegue de acciones desesperantemente parroquiales. Lo que están haciendo nuestros más altos jerarcas, de Presidente para abajo, parece una tarea de secretario de despacho municipal ante el Concejo de Titiribí.
Los pasos dados en el Congreso de los Estados Unidos con el TLC saben a necedad de campanario para ver si los congresistas demócratas se compadecen con los ruegos del Presidente, del Canciller y de la embajadora Barco, y con el “empujoncito” que prometió días atrás el presidente de México, quien debe estar ahora más preocupado por la vigencia de su TLC desde el momento en que Obama anunció su revisión.
El Gobierno colombiano no es consciente de que el error de haber respaldado la guerra en Irak, y en general la cruzada de Bush contra el “Eje del Mal”, puede pagarse caro con el viraje de 180 grados que dio la política norteamericana. Pensar que ese otro parroquialazo, el de meter como cuasimico el TLC con Colombia en las sesiones extraordinarias que arrancan el 17 de noviembre en Washington, podía salvar el tratado como en cualquier encerrona del cabildo de Titiribí, más que una barrabasada, fue una niñada que el Uribe en inglés (Bush) y el Bush en español (Uribe) creyeron que podía servirles de juguete en el corralito de las sorpresas clientelistas.
La respuesta de Rahm Emanuel fue rotunda: “Uno no mezcla necesidades esenciales con un tratado de libre comercio. Las sesiones extraordinarias son para cosas inmediatas e importantes”. ¡No! El morochito no llegó a la Casa Blanca por mentecato. Forzarle una iniciativa de fondo sobre la cual tiene reservas, a través de una maroma parlamentaria, es empeorar, con un resbalón más grave que el de haber respaldado la guerra en Irak, el incierto futuro de las relaciones entre los dos países. Colombia vale como aliado de los Estados Unidos, pero no tanto como para que su Gobierno pretenda manejarle la agenda al Congreso antes que el nuevo presidente entre en funciones.
La entrega incondicional de Uribe a Bush se selló como si éste hubiera tenido un mandato perpetuo. O como si el señor McCain llevara en su alforja de candidato un triunfo seguro para los republicanos. Pero las anteojeras le impedían a nuestro Mandatario advertir que los porcentajes de popularidad más allá de las fronteras no cuentan, y que no todo el mundo se traga el cuento de que los éxitos relativos de la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico contrarrestan los disparates nacionales e internacionales de la seguridad democrática. En los predios del Tío Sam los congresistas analizan primero y luego votan por convicción.
La estrategia debe cambiar. Por ejemplo, que el Gobierno descubra los falsos positivos antes de que maten a los colombianos que entierran como guerrilleros muertos en combate, y no después, ni después de haber afirmado como verdad irrefutable que eran subversivos en acción. O que demuestre que hay una política de Derechos Humanos que compromete a los tres órganos del poder, no sólo al jurisdiccional, sin coserle diatribas tan torpes como la del presidente contra Vivanco. O que pruebe que este año hubo menos sindicalistas muertos que el anterior.
Si Uribe insiste en la intriguita parroquial y menudita estilo Titiribí, el sindicato antioqueño se quedará sin TLC.