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La intención manifestada por los ingleses, de entrar en la Embajada de Ecuador para arrestar a Julian Assange, cabeza de Wikileaks, por el asilo político que le otorgaron, sería un paso más en la tendencia de controlar internet con cortinas de humo.
Para todos es claro que a Assange se le persigue por haber filtrado información sensible para Estados Unidos (que en su mayoría no eran ni secretos, pero sirvieron para “oficializarlos”) pero, sobre todo, por su forma de aprovechar la tecnología para generar un sistema impresionante de filtrado de información que para muchos sirve como mecanismo legítimo de control del poder y para otros, como instrumento ilegítimo para debilitarlo. Sin embargo, jurídicamente el motivo de su persecución es otro, se usa una cortina de humo para atraparlo, un tema complejo y sensible en sociedades occidentales que abogan por la igualdad de género.
En los conflictos armados son múltiples los delitos que se cometen, los que se derivan del género dejan incontables víctimas, considerables daños, evidencian profundas tensiones sociales y raciales, y suelen quedar en la impunidad sin que existan estructuras de solidaridad internacional para perseguir a los victimarios, algo de eso sabemos en Colombia.
A este panorama se suma ahora el entredicho en que se pone la institución del asilo, en cuya creación Colombia tuvo protagonismo y que se funda en los más altos principios de garantía legal. Que Inglaterra considere trasgredir ese límite debe cuestionarnos sobre terribles y oscuros temores y poderes que se esconden detrás del interés por controlar la capacidad disruptiva de internet y sólo por eso debemos arropar a Ecuador para ejercer su decisión sin presiones.
Creo que usar una acusación por violación contra Assange es oportunista. Mi solidaridad con sus presuntas víctimas, pero sólo si su caso sirviera para abordar el que es el problema de los millones de víctimas de violencia sexual resultado de la más sórdida naturaleza humana, tendrían mi simpatía en esta persecución y Londres una remota justificación. Por lo pronto y mientras no coincidan las razones de la persecución con los mecanismos que se usan para efectuarla, somos sólo testigos de la farsa del poder frente a la tecnología.