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A JUAN MANUEL SANTOS LE PESA como un fardo la deuda que tiene con Álvaro Uribe.
Hasta el momento ha podido capotear el baúl de líos que heredó de su mentor con una refinada astucia política que ha dejado boquiabierto a más de uno. En cien días puso a trabajar a sus rivales Germán Vargas y Rafael Pardo, a tal punto que anda reunificando el liberalismo tradicional después de que respaldara la ley de víctimas y de tierras; ha mantenido las riendas del Partido Conservador y de la U, aunque con sudor y lágrimas de despecho de estas dos colectividades; acogió unas banderas del Partido Verde y lo tiene amansado; nombró en su gabinete a líderes en sus áreas, en vez de secretarios; eliminó los ‘madrazos’ al mencionar a la Corte Suprema, movió una ficha clave de entendimiento con ella cambiando la terna para Fiscal y terminó de seducirla con dos o tres reuniones de cortesía; algunos de los columnistas más tenaces de la prensa se han apaciguado, transitoriamente; hay un respiro profundo en el país del común. E incluso logró el milagro de que se reflejara un drástico descenso en la popularidad del que se resiste a abandonar el trono.
Simultáneamente, el Presidente ha manejado con guante de seda el estallido de la corrupción que campeaba en la administración pasada y no aparece contaminado, pese a que perteneció a ella. No ha dicho una palabra contra Agro Ingreso Seguro y sin embargo, puso a Juan Camilo Restrepo al frente del ministerio; éste modificó radicalmente la política agraria, pero le tocó visitar a Uribe, que tuvo a bien recibirlo con su antecesor, el responsable de la debacle campesina; y por contera, nombró a Arias en una importante embajada. La olla podrida de Estupefacientes se limpiará, según se dijo. El Mandatario mira, sin ahondar, el problema; el gigantesco escándalo de la contratación pública para infraestructura parece que existiera sólo en Bogotá. Nadie pregunta quiénes se inventaron a los Nule ni cómo se volvieron potentados; se hacen referencias tangenciales al grupo de consejeros y amigos de la Casa de Nariño que —de acuerdo con serios indicios— manipulaba las licitaciones. El Ministro de Transporte santista hace mutis por el foro. De Fondelibertad, mejor no hablar: flor de un día porque se abrió la caja de Pandora y empezaron a aparecer nombres inconvenientes, como los de los parientes del generalísimo Padilla. Etcétera.
Vale la ambivalencia: En cuanto se destapa una “olla raspada” u otra asaltada, el jefe de Estado brinca a los micrófonos para alabar la pulcritud de su tutor presidencial, en contravía de los descubrimientos. Pero éste no encuentra paz ni calma. Está muy asustado y por la vía del desespero arrasará lo que encuentre a su paso, sin exceptuar a Santos. El asilo que el ex mandatario tramitó en Panamá para la conductora de su servicio de espionaje y el que ha estado trabajando para otros subalternos cercanos, se llevará por delante la imagen que el jefe de Estado ha construido sobre sí. La pobre Canciller ha tenido que realizar piruetas verbales para explicar que el Gobierno está molesto para conservar la naciente amistad con los magistrados, pero no tanto como para que queme al ‘santo’ predecesor. La pantomima aguanta o se revienta si aumenta la presión con otros asilos de espuria legalidad. En este caso, el Presidente tendrá que asumir una posición: o cree en los jueces o cree en el patrocinador de los fugitivos. O se desteta de Uribe o pasa de agache pero sin posibilidades de aparentar ocultando el fondo real, porque ahora tendrá encima los ojos de los organismos de derechos y de las cortes internacionales, que no son susceptibles de rendirse ante el halago del poder local.