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¿Dignidad? ¡Ay, la política colombiana!

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La convención conservadora es una mentira, tanto de quienes votaron por Marta Lucía Ramírez como de los que se fueron ofendidos por su elección como supuesta aspirante presidencial de ese partido. No lo es, aunque luzca traje azul. Marta Lucía es ficha de Uribe y de su grupo de ultraderecha, incluidos los otros uribistas disfrazados que la escogieron y, cómo no, el procaz José Obdulio Gaviria, que destapó rapidito la estratagema de quienes alegan tener, por fin, candidato, cuando en declaraciones a El Tiempo sostuvo que “la nueva jugadora en el escenario ‘es nuestra’” y que Ramírez le da “aire” al autodenominado Centro Democrático en el que “cundía el pesimismo” hasta el domingo pasado. Le faltó expresar su desaliento con Óscar Iván Zuluaga, al que le pondrán conejo, en su momento, como lo hicieron con Francisco Santos, otro que brincó de dicha ante la nominación de una persona “afín (a nosotros)”.

Se necesita ser tonto o haber nacido en Marte para creer que los abucheos al senador Gerlein, ayer uribista, hoy santista, eterno gobiernista, nacían de una demostración sincera de rechazo, dizque de los “dignos” a los que alude el expresidente Pastrana. A él le recuerdo que la dignidad de Marta Lucía —a la que tiene derecho, ni más faltaba— pasa por Ernesto Samper, a cuyo lado hizo sus primeros pinos, así ahora pretenda ignorarlo. Y que Obdulio Gaviria sigue siendo familiar de Pablo Escobar, un parentesco que el exmandatario y su hermano, Juan Carlos, tanto le refregaron a su nuevo mejor amigo, Álvaro Uribe. ¡Ver para no olvidar! Siguiendo con Ramírez, su color conservador se ha desteñido en gran parte de su carrera: ha sido, además de rojo samperista, rojo gavirista (del liberal César), azul disidente pastranista y verde camuflado uribista. Por si fuera poco, ha alegado ser blanco “independiente”, por ejemplo, cuando se dejó tomar fotos con los exalcaldes mientras estos trataban de formar una colectividad verde esperanza. Se escurrió a la hora de nona, tal cual lo hizo, tácticamente, con el círculo de su verdadero jefe, Uribe: apareció como precandidata del —repito— autodenominado Centro Democrático, pero se deslizó, otra vez, al conservatismo para rerregresar por ese tobogán al campo del que la nombró ministra de Defensa, verde militar.

Lo ocurrido en esa convención no fue espontáneo. Empezó hace meses con el intento de difundir, con intereses electoreros y a través de una periodista profesional y esa sí independiente, las listas del clientelismo palaciego en las que, además del presidente Santos y su gobierno, salían lesionados los congresistas santistas del Partido Conservador, esos que fueron sorprendidos con los gritos del uribismo azulado. Como no les funcionó su primera jugada, tuvieron que inventarse un “periodista” de las propias tropas, un señor Macías, en realidad un secretario del expresidente, para divulgar los cuadros Excel del computador de Palacio. Mientras tanto, la aspirante al Senado y consentida del exmandatario y de Fernando Londoño, Paloma Valencia, se tomaba el té con su hermana, la esposa de Juan Carlos Pastrana, para arreglar la cena entre su cuñado Andrés y su dios Álvaro. En simultáneo, los alfiles Fabio Valencia Cossio y Carlos Holguín Sardi, exministros, junto con Ramírez, de Uribe, preparaban a las “bases” para armar la pataleta. Sorprendieron a los parlamentarios de su partido, santistas, pero tampoco por dignidad: por puestos y contratos, cierto, como los que repartió, a tutiplén, el predecesor de Santos junto con los conservadores-uribistas Diego Palacio y Sabas Pretelt, aún libres pese a los delitos que se les imputan. ¿Dignidad de quienes tienen en su contabilidad de vergüenza los falsos positivos, es decir, las ejecuciones extrajudiciales de campesinos inermes? ¡Ay, la política colombiana!

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