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¿Qué otra cosa podría esperarse del uribismo que mezquindad con los resultados electorales a pesar de su éxito en las urnas si esa es la esencia de su líder y movimiento? Mezquinos con el país que creen exclusivos de su ‘casta’ aunque los colombianos les permitieron gobernar ocho años, cuatro de los cuales fueron obtenidos con delitos como lo demuestra la cárcel que pagaron algunos, los menos importantes; mezquinos con la Constitución que acomodaron a sus intereses; mezquinos con sus críticos a los que persiguieron como a criminales; más que mezquinos, abusadores de su poder frente a las cortes, estigmatizadas e intimidadas por ellos. Dos millones de votos y 19 senadores confirmados, cifra extraordinaria que nadie osaría despreciar, es poco para el autodenominado Centro Democrático. Una parte no los sacia, quieren todo. ¿Les parece conocida la película?
No acababa de terminar el domingo de elecciones cuando los uribistas ya habían dicho que les robaron los votos de 7 mil mesas, como si tuvieran también montadas unas supersalas de cómputo, además de las de las ‘chuzadas’ del DAS. Luego afirmaron que los hoy bandidos de la U, ayer sus aliados incondicionales, los habían robado. Qué noticionón: ¡al fin admitieron con cuál grupo pudieron aprobar las reformas constitucionales! Y ahora insisten en que hay que revisar uno por uno, el millón 750 mil votos nulos. No demoran en pedir veeduría internacional y hasta asilo político. Ver para creer: de perseguidores a víctimas; de lobos a ovejas.
No obstante, la vida le da compensaciones al resto de la nación. Mientras el uribismo concentra sus energías en ganar un puestico más en el Senado, abandona a su pobre candidato a la Presidencia Óscar Iván Zuluaga, quien podrá ser buena persona, ministro serio, hombre leal según sus amigos, pero continúa siendo la sombra de otro. Y ¿quién elige a una silueta sin rostro? El senador Uribe, que conoce cómo se mueve la política nacional, hablaba en público de Zuluaga y, simultáneamente, armaba su plan B con otra subalterna suya, Marta Lucía Ramírez. Increíblemente, el sabelotodo calculó mal. Tal vez confió en que una reunión hipócrita con el odiado por él, Andrés Pastrana, haría que los votos de los barones conservadores pasaran de manera automática a Ramírez como si nunca se hubiera enterado de que el clientelismo y más aún el conservatismo, se alimentan, no de fidelidad ideológica, sino de la contratación pública y de los cargos estatales.
De modo que no es extraño que Zuluaga aparezca en las encuestas en el cuarto lugar de las preferencias electorales, después del voto en blanco, y que Ramírez sea la última. Los aciertos de los uribistas antes de las elecciones legislativas, extremando las posiciones a favor del odio y de la guerra, de la división entre los buenos —ellos— y los malos —todos los demás—, y del descontento social, se han trocado en errores en la carrera por la Presidencia. Entre tanto, Enrique Peñalosa se ha colado al segundo lugar después de Santos, contando, paradójicamente, con el mismo descontento social pero sumándole el desagrado con el uribismo y con los demás ismos partidistas, incluso los de la izquierda que no ha podido romper la barrera que la desconecta de las mayorías.
Los ciudadanos están hartos de la política y los políticos, así muchos vivan del favor de estos. Esa es la expresión que le dio dos asombrosos millones de votos a Peñalosa, por quien nadie daba un peso hace seis meses. Motivo de otro análisis será si el candidato de la Alianza Verde lo aprovecha reafirmando su carácter antipartidista y antipolítico como lo viene haciendo o si vuelve a incurrir en errores de bisoñería o de soberbia. Santos tiene rival para las presidenciales. Y tiene oposición en el Congreso: la extrema derecha, que ahora se avergüenza de que la llamen así, y la izquierda, dignamente representada por Robledo, López y Navas. No todo está perdido.