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Carlos Arturo Gómez Pavajeau, apoderado del protervo Jorge Pretelt, cuenta con buena reputación. No obstante, ha comenzado a feriar su fama y a perderla por un cliente al que no se le pueden escarbar sus actos porque aflora la perversión de sus aristas.
El abogado Gómez representa a Pretelt en el proceso disciplinario que vanamente ha intentado cursar en su contra la Comisión de Acusación. Digo vanamente, porque Gómez Pavajeau ha invertido sus conocimientos en la causa que aún siendo legal es ilegítima, de frenar el caso antes de que este se inicie por temor a que el investigador, representante Julián Bedoya, decida usar su facultad discrecional de suspender a Pretelt de su magistratura, cuando se formalice el proceso. El encartado debe calcular que fuera de la corte no dispone del margen de maniobra que tiene ni podría vengarse, como intenta hacerlo, de sus colegas de corte, aquellos que escogieron la línea de la ética sobre el silencio mafioso que prefieren tantos en este país.
Entre otras cosas y con ayuda de su abogado, Pretelt ahuyenta a su investigador pero no tiene el menor empacho en auto-suspender su labor de togado en el alto tribunal, labor que el pueblo contribuyente le paga en salarios, viáticos, carros, escoltas, secretarias y séquito de despacho, pese a que él goza de una fortuna que el 99% de los colombianos no verá jamás: va a una que otra sesión —no a muchas—, a jugar con su Ipad mientras los demás discuten sesudas sentencias, en señal de desprecio. Volvamos al cuento:
Dicen que Gómez Pavajeau sabe mucho de derecho penal y disciplinario. Así que le debería quedar fácil ganar casos utilizando lo de ley, sus estrategias jurídicas. Pero no. Picó el mal nacional: vamos a la fija y por los atajos. Interpuso una tutela contra el investigador Bedoya recusándolo cuando este aún no realizaba la audiencia de apertura del proceso oral contra el que Gómez también se opone por la rapidez con que se llega a la absolución o sanción. El abogado de Pretelt presentó su acción ante el Consejo Seccional de la Judicatura de Bogotá en donde — ¡oh casualidad!— trabaja su propia hija. Él podía llevar su tutela a por lo menos cuatro tribunales más de la capital, pero tenía su Consejo predilecto, el mismo al que, de acuerdo con cifras oficiales, en solo un mes llegaron 50 tutelas diarias. La de Gómez Pavajeau llegó por “sorteo” —¡oh sorpresa!— al despacho de la magistrada María Lourdes Hernández Mindiola, jefa de la niña Gómez. Hernández tuvo el fino gesto de declararse impedida por “amistad íntima” con él, ante sus colegas togadas. Pero estas —¡oh azar!— no vieron inconveniente en que Hernández fuera la ponente del caso que interesaba a su “íntimo” y no le aceptaron el impedimento.
La señora proyectó el fallo como quería Gómez Pavajeau en una sala de tres en que uno de los otros dos miembros —Alberto Vergara— quiso apartarse del conocimiento del asunto por idéntica razón: tener “lazos de amistad y aprecio” con el accionante con quien, además, había hecho negocios. En esa farsa en que se ha convertido la presentación de los impedimentos entre los jueces, tampoco se le reconoció su posible sesgo a favor de Gómez. De esta forma, el prestigiosísimo defensor del desprestigiado Pretelt ganó un round pírrico que podría anularse por falta de legalidad en el Consejo Superior de la Judicatura si este no estuviera compuesto por… sus amigos íntimos o por sus alumnos agradecidos. O por los magistrados cooptados por Ordóñez y su viceprocuradora Castañeda, los otros dos defensores de Pretelt en ejercicio hiperactivo.
Entre paréntesis. Mi solidaridad de ciudadana que sabe de qué habla, con los valientes magistrados denunciantes de Pretelt a quienes este calumnia. Y con los exmagistrados decentes, a su vez calumniados por una consueta de ese individuo.