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Uno no puede «perseguir la corrupción” y corromper a los demás al mismo tiempo. Es como si una señora dijera que está semiembarazada.
O que un deportista advirtiera que se medio fracturó la pierna. Uno es honesto o es corrupto. No es honrado por la mañana y corrupto por la tarde, cuando va a apropiarse para sí o para otro de un cargo, un contrato, un dinero o una entidad estatal. No existe una zona intermedia en esa ecuación rotunda. Sostener, como lo han dicho los defensores de Alejandro Ordóñez que “luchó contra la corrupción como ninguno” y señalar que el Consejo de Estado tumbó su reelección a la Procuraduría “solo” por clientelismo, es una contradicción semántica pero, ante todo, ética. Pareciera que de tanto mencionar el fenómeno de las clientelas políticas, se hubiera olvidado cómo operan en Colombia: un intercambio de bienes públicos entre unos funcionarios y otros, o entre ellos y unos particulares para sacar provecho privado de los mismos. Hablamos de un robo de las propiedades comunitarias, de una apropiación delictiva, de un concierto para delinquir, de un envilecimiento de las instituciones públicas a las cuales no pueden acceder los mejores miembros de la sociedad ni los más preparados porque están atrapadas en las redes de los c-o-rr-u-p-t-o-s con todas sus letras.
Por poner solo dos de muchos ejemplos: ¿no es corrupta la decisión de nombrar procuradora delegada, con $25 millones promedio de salario, a la noviecita de un magistrado que incidió en la postulación de Ordóñez, en lugar de darle el puesto al ganador del concurso “obligatorio de méritos”? ¿No se llama corrupción la entrega de las procuradurías provinciales (en cada capital) y regionales (en cada departamento) a los congresistas que votaron por él para fortalecerlos y para debilitar a los que no lo acompañaron?
El relato de cómo fue reelegido el destituido destituidor, quien lejos de combatir la corrupción también corrompió la justicia cuando usaba su función de juez disciplinario para cortarles el aire a sus rivales políticos o para cubrir a sus aliados, no ha sido contado con la profundidad que merece ese episodio. Y, desde luego, falta aún investigar los sucesos ocurridos antes y después de su primera elección en el Senado, en diciembre de 2008. Basta con recordar los resultados en aquella sesión: 81 votos a su favor; Un voto para el excomisionado de paz Camilo Gómez y ninguno para Germán Bustillo, candidato del gobierno Uribe que le garantizó así que la terna fuera de uno.
Soberbio como es, el exprocurador no encontró satisfacción para su vanidad con los actos desafiantes de su elección y reelección. Su mente enferma aspiraba a estar por encima del presidente de la República con el que trapeó cuando quiso, sin respeto alguno por las investiduras de ambos. La historia habrá de evaluar la laxitud moral de las clases dirigentes de un país cuyo pueblo lloraba sus muertos de guerra mientras veía, con asombro, las imágenes de la boda de una de sus hijas cuya ceremonia y festejos, él y su esposa, jefa de facto de la Procuraduría, programaron para exhibirse. Hoy pocos recuerdan lo que fue y lo que reveló aquel evento: despliegue de vehículos de la fuerza pública para escoltar a la familia, cierre de vías, préstamo de reliquias religiosas de oro del siglo XVIII, obispos y hasta el presidente del Tribunal Eclesiástico para concelebrar la misa; brillo de diamantes, vestidos de marca, fracs, estolas, abrigos antiecológicos de piel y 650 invitados: sus investigados, los abogados de estos, sus electores magistrados y votantes congresistas, y hasta uno que otro reo. Tres togados merecen mención aparte: dos de las cabezas de defensa de Ordóñez en el posterior examen de nulidad de su reelección en el Consejo de Estado: Marco Antonio Velilla y Susana Buitrago. Y un magistrado que contó con el apoyo de Ordóñez: Jorge Pretelt. Este llegó con su esposa Martha Ligia Patrón, solícitos como Velilla y Buitrago, al besamanos de saludo al “rey”. Patrón es procuradora judicial, subalterna de Ordóñez ¿El exprocurador candidato presidencial se atreverá a ondear la bandera anti-corrupción en su campaña? Su cinismo y el de sus amigos, indican que sí.