Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
¿Qué sucederá en la economía colombiana en los próximos tiempos? Los antecedentes parecen prometedores: en el 2018 la economía terminó ligeramente mejor a como terminó en el 2017.
Las tasas de crecimiento e inflación, hasta donde se conocen, han mostrado resultados ligeramente superiores a las tasas del año anterior. El crecimiento acumulado durante los últimos 4 trimestres (hasta el tercer trimestre 2018) fue 2.3% frente a 1.7% del año anterior, la inflación acumulada en 2018 fue 3.18% frente a 4.09% en el 2017.
Por su parte, aunque el desempleo aumentó ligeramente respecto al año anterior, el subempleo se redujo significativamente: la tasa de desempleo promedio en los últimos 12 meses hasta octubre 2018 fue 9.6% de la población económicamente activa (PEA) y la de subempleo 25.6%; en los 12 meses hasta octubre de 2017 las tasas promedio fueron 9.3% y 27.0%, respectivamente.
Ello es consecuencia de la recuperación de los precios petroleros internacionales y con ellos el valor de las exportaciones colombianas. Según Bloomberg, el precio promedio anual WTI, aumentó de 50.84 dólares barril en 2017 a 65.68 en 2018.
Otros hechos son menos prometedores. El presidente Duque, debido en gran medida a una desacertada propuesta de reforma tributaria, enfrenta una caída notoria en los índices de aceptación ciudadana y eso desalienta a la inversión privada. Tampoco la favorece el repudiable e injustificable crimen del jueves 17 pasado contra la escuela de policía, y el terror que pretende inspirar. A su vez, la reforma tributaria finalmente aprobada a fines de 2018 por el Congreso, según sus propios ponentes no alcanzará la meta de recaudación requerida (faltarían alrededor de 7 billones de pesos, aproximadamente 3% del PIB), lo que induciría una reducción del gasto público casi inmediata y una nueva reforma a muy corto plazo.
Los vientos internacionales tampoco parecen ser muy propicios. A diciembre 2018 el precio petrolero se había reducido respecto al promedio del año, a 51.25 dólares barril, y continúa bajando. Esa reducción tiene que ver con el fin de los estímulos monetarios y el aumento de la tasa de interés de la Reserva Federal en los Estados Unidos, la reducción de impuestos decretada por Trump que está produciendo un aumento en el déficit fiscal, que produjo un aumento inicial en el consumo pero que no se tradujo en un aumento en la inversión, y la guerra comercial iniciada por Estados Unidos contra todo el mundo y, en particular, contra China, que desestimula el comercio mundial y desvía comercio de una fuente a otra. Como consecuencia, la economía estadounidense comienza a desacelerarse, situación que los mercados de capitales comienzan a vislumbrar y por eso la caída en los precios de la bolsa neoyorkina en el fin de año. Esa situación, muy probablemente, acabará induciendo una desaceleración mundial.
Las cosas pueden agravarse en Estados Unidos. Debido a los resultados de las elecciones de noviembre de 2018, los republicanos perdieron ante los demócratas el control de la Cámara de Representantes. La nueva Cámara, seguramente, ejercerá una mayor presión sobre la administración Trump que, no obstante, difícilmente podría conducir a su destitución pues para ello se necesitan dos tercios de los votos del Senado en el que aún tienen mayoría los republicanos, aunque podría ocurrir lo inesperado si prosperan las más graves, diversas y múltiples acusaciones en su contra. En todo caso, en el corto plazo, todo ello complicaría más aún la situación económica.
Por su parte, el menor ingreso de divisas en Colombia, derivado del menor valor de las exportaciones, se traduce también en mayor tasa de cambio. A su vez, cuando el periodo se percibe de devaluación, las empresas se adelantan a prepagar sus deudas externas y a disminuir su exposición internacional, lo que genera una mayor demanda de divisas y una mayor tasa de cambio. Como consecuencia, los precios domésticos de los bienes y servicios transables internacionalmente, los que se pueden exportar o compiten con importaciones, que siguen casi directamente el comportamiento de la tasa de cambio, comienzan a aumentar.
Mejor dicho, la situación es incierta y complicada. En ese sentido, ¿qué se puede hacer? Las respuestas son sin duda múltiples y complejas en la medida en que los problemas son muy complejos. Desde el punto de vista individual, la primera respuesta es, sin duda, prudencia.
Pensando con más amplitud y perspectiva, lo que toca abordar es como superar la dependencia de las materias primas, que es consecuencia de una estructura productiva determinada por la actual estructura de precios. Para ello, hay que cambiar esa estructura de precios para que favorezca a los sectores intensivos en mano de obra (manufactura, agricultura, turismo, servicios digitales, etc.) y los vuelva competitivos internacionalmente y rentables. Debería, además, replantearse la estructura tributaria para que las personas de mayores ingresos y patrimonios paguen más impuestos, aumente la recaudación y, así, aumente el gasto público para que haya más y mejores bienes públicos e infraestructura. Así mismo, debería reorientarse la regulación hacia la promoción de la competencia para que los mercados de crédito, de energía y comercio sean más eficientes.
Esa es ciertamente una agenda económica. No debería ser la única: la agenda de cambio es también cultural, normativa y, en especial, política, y tiene que ver con construir más democracia. No es cuestión de que el pueblo colombiano, súbitamente, sea consciente de sus limitantes, se levante y se ponga a andar cual Lázaro. La cuestión relevante es como desarrollar su conciencia de tal manera que sea capaz de velar por sus intereses a través del proceso democrático. La respuesta parece obvia: educación, educación y más educación… a todos los niveles.
Profesor Titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía