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Durante la visita del presidente Santos a Europa en enero de 2011, Colombia se postuló para ser admitida en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Después de varios años, muchas negociaciones y la superación de muchos escollos, finalmente, la semana pasada, Colombia fue admitida como el miembro número 37 de dicha organización.
¿Pero qué es la OCDE? No es un organismo financiero como el Fondo Monetario Internacional, ni un banco de desarrollo como el Banco Mundial. Como su nombre lo indica, es un organismo de cooperación para promover el desarrollo de sus miembros que incluye, actualmente, a todos los países europeos, excepto Rusia, además de Australia, Canadá, Chile, Corea, Estados Unidos, Israel, Japón, México, Turquía y Colombia. Son 37 países que colaboran entre sí para identificar problemas del desarrollo, discutirlos, analizarlos y promover políticas para resolverlos.
La historia previa de la OCDE comienza con la reconstrucción del continente europeo destruido por la Segunda Guerra Mundial. La reconstrucción se realizó, en gran medida, con los recursos del Plan Marshall (nombrado así por el entonces secretario de Estado estadounidense, George Marshall). Anunciado en julio de 1947, fue financiado por el gobierno de los Estados Unidos y administrado a través de su Administración de la Cooperación Económica.
Pero lo que hizo eficiente esa ayuda fue la creación en 1948, por 16 países europeos occidentales, de la Organización para la Cooperación Económica Europea (OCEE). Su propósito era estimar las necesidades nacionales de reconstrucción y distribuir dichos recursos. La OCEE familiarizó a los países de Europa occidental con los conceptos de planificación, coordinación y cooperación económica e hizo que los gobiernos reconocieran la interdependencia de sus economías, facilitando el camino para una era de cooperación que cambió a Europa. En 1960, al unírsele Canadá y los Estados Unidos, la OCEE se convirtió en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Esos hechos marcaron la recuperación acelerada de las economías europeas. Según datos del Banco Mundial, entre 1960 y 1990, Italia pasó de tener un PIB per cápita de 804 a 19.983 USD (es decir, aumentó 24,8 veces); Francia pasó de 1.344 a 21.382 USD (15,9 veces); el Reino Unido, de 1.381 a 17.688 USD (12,8 veces); mientras que Estados Unidos pasó de 2.881 a 23.054 USD (8,0 veces).
Más allá de los recursos, lo que hizo viable esa recuperación notable fue la existencia de una población educada y de instituciones económicas que la guerra no destruyó, que la cooperación realzó y las sinergias de la interdependencia, reconocida y promovida, potenciaron. De tal manera, una vez que las fábricas y carreteras fueron reconstruidas, la economía comenzó a funcionar y a crecer aceleradamente casi inmediatamente.
Dos lecciones se desprenden de lo anterior. Ser parte de la OCDE no garantiza un crecimiento acelerado inmediato, como en el caso mexicano. Por otro lado, existen países, como China, que no son parte de la OCDE y su desarrollo económico acelerado es el mayor de la historia. El desarrollo acelerado de Colombia depende de lo que haga y eso pasa, indefectiblemente, por 1) mejorar sus instituciones económicas y políticas, en particular superar el rentismo derivado de los monopolios, carteles y oligopolios presentes en muchos de sus mercados más importantes; 2) educar a su población, no tanto en escolástica sino en resolver problemas, y 3) superar su dependencia de materias primas como el petróleo pesado y el carbón térmico, que es lo que produce, que cada vez serán menos importantes en la economía mundial.
La otra lección que debe aprenderse es que ser parte de la OCDE implica una serie de compromisos derivados de las recomendaciones que la organización hace al país para perfeccionar su economía de mercado. No son obligatorias, pero será sensato tenerlas en cuenta si lo que se quiere es una economía de mercado que funcione con menores imperfecciones… y eso es positivo porque facilitará el desarrollo acelerado.
El ejemplo de México y sus comunicaciones es diciente: en 1990 su empresa de telecomunicaciones fue privatizada y el nuevo propietario, a través de sus conexiones políticas, logró mantener el monopolio sobre las telecomunicaciones mexicanas, que luego extendió a gran parte de Latinoamérica. Según los estudios de la OCDE, publicados en 2012, “el sector de telecomunicaciones en México se caracteriza por tener precios elevados, los mayores entre los países de la OCDE, y falta de competencia (una sola compañía controla el 80 por ciento de los teléfonos fijos y 70 por ciento de los móviles), que resultan en una reducida tasa de penetración y un pobre desarrollo de la infraestructura”. Las recomendaciones de la OCDE facilitaron al gobierno mexicano una profunda transformación del sector, con la oposición de los intereses particulares correspondientes, que se tradujo en una mejora sustancial de la tecnología y una reducción notable de los precios.
Ojalá el nuevo gobierno colombiano tenga en cuenta dichas lecciones.
* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.