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En 2015 la venta de automotores en Colombia descendió 13.2 por ciento respecto a 2014; 283,380 vehículos frente a 326,298, es decir 42,918 menos.
La razón es obvia: la devaluación de 31.6 por ciento en 2015 encareció los vehículos en forma consecuente.
Desde un punto de vista urbano es una buena noticia porque implica menos presión sobre una ciudad como Bogotá que carece de vías suficientes. Demuestra que para desincentivar la adquisición de vehículos las medidas de precio son afectivas. Por el contrario, una medida administrativa como “pico y placa” lo que ha hecho es inducir una compra desaforada de vehículos.
Demuestra también el sinsentido de inducir una expansión automotriz y no construir vías para soportarlos, ni un sistema de trasporte rápido y masivo (metro) para los desafortunados bogotanos que se asfixian con la congestión.
Medidas de precio como peajes urbanos y pagos por circular en áreas de congestión son ciertamente efectivos. Ciudades como Roma o Boloña, por ejemplo, restringen el acceso vehicular a sus respectivos centros históricos mediante cobros mensuales o eventuales que se cargan automáticamente a la tarjeta de crédito del usuario.
El sinsentido es que la primera área de congestión identificada en Bogotá es un área residencial: entre la Séptima, la Autopista norte y las calles Ciento dieciséis y Setenta y dos. Absurdo: No hay congestión en los barrios al interior de esa área si no en las vías principales que la circundan, como la Séptima por donde circulan casi todos los vehículos entre norte y centro de Bogotá.
Cobrar por circular en áreas residenciales es poner un impuesto absurdo, con otro nombre, a sus residentes por vivir en ellas. Área de congestión es el centro histórico de Bogotá. El cobro de congestión debe aplicarse a esa área, y los peajes a la Séptima y las Autopistas Norte y Sur en los tramos que cuentan con vías alternas.
Pretender además que en una ciudad tan extensa como Bogotá, en donde llueve a cantaros salvo excepciones, la gente se movilice en bicicleta es otro sinsentido. Pretender así mismo que con su tamaño y población, Bogotá organice su sistema de transporte a partir de buses articulados en vías exclusivas es un sinsentido mayúsculo.
Mención aparte merece la sugerida venta de la compañía de teléfonos de Bogotá para con esos recursos construir vías y un área recreativa a lo largo del río Bogotá. No se tiene en cuenta que la misma es rentable y genera recursos para la ciudad. Tampoco se considera que controlar monopolios naturales en manos privadas es sumamente complicado.
Las inversiones deben priorizarse, y pretender construir, ahora, un área de recreación porque será hermosa es un sinsentido gigante. Lo faltante, urgente, postergado por décadas, es el metro bogotano; a él deben destinarse los recursos.
Es decir, ojala prevalezca la ética; en este caso, más racionalidad y menos estética.