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Desde el inicio de su administración, el presidente Trump se ha empeñado en aplicar una política proteccionista en beneficio, supuestamente, de su producción doméstica. En consecuencia, ha desatado una guerra comercial contra casi todos.
El proteccionismo comercial estadounidense se ha concretado en el aumento de los aranceles a las importaciones de bienes, en particular a las provenientes de China, al más típico estilo mercantilista que caracterizó al mundo y, en particular, a América Latina hace varias décadas. El estilo parece ser contagioso a tenor de los aranceles impuestos recientemente a las importaciones colombianas de textiles y confecciones.
Según Trump, su proteccionismo cerrará la enorme brecha comercial que Estados Unidos tiene con China (en 2017, China le exportó 476.000 millones de dólares, mientras que Estados Unidos le exportó 133.000 millones). A su juicio, esa brecha está debilitando el aparato productivo estadounidense, es responsable de la pérdida de miles de puestos de trabajo y de la reducción de los ingresos de los productores respectivos. Trump considera que la brecha es consecuencia del aprovechamiento por parte de los chinos de las debilidades y torpezas negociadoras de las anteriores administraciones estadounidenses.
En ese escenario, China ha reciprocado de manera similar elevando sus aranceles a los productos estadounidenses. Con mucho cálculo político, los nuevos aranceles chinos han sido impuestos a los bienes producidos por quienes constituyen la principal base política de Trump: agricultores y ganaderos del Medio Oeste. Para reducir el daño, la administración Trump anunció hace pocos días que les entregará subsidios por 16.000 millones de dólares.
Los resultados de ese proteccionismo se han traducido en una evidente reducción del intercambio comercial entre los dos países y, según el Fondo Monetario Internacional, en 2018 en un aumento de la brecha comercial en favor de China, y en lo que va del 2019 en una ligera disminución.
El contexto en que se desarrolla esa guerra comercial parece ser diferente al que se imagina Trump. Según el Banco Mundial, medida a precios internacionales, China tiene la economía más grande del mundo; Europa (de los 28 países), la segunda y Estados Unidos, la tercera. La clase media china es la más numerosa del mundo; la europea, la segunda y la estadounidense, la tercera. Mientras China tiene 772 millones de usuarios de internet, Estados Unidos tiene 287 millones. No obstante, el ingreso per cápita chino corresponde aún al de un país medio como Colombia (al que ya supera), más o menos un tercio del estadounidense.
A su vez, China lidera el desarrollo de la telefonía celular 5G, fundamental para el desarrollo de la inteligencia artificial y el internet de las cosas. Tiene también el mayor número de robots industriales en el mundo, 614.000; casi el triple de los que tiene Estados Unidos, 250.000. Sus productos son sumamente competitivos y, por eso, se venden en todo el mundo.
Por su parte, el déficit fiscal chino es mínimo, mientras que Estados Unidos tiene un déficit fiscal elevado, 4% del PIB. En 2017 la tasa de inversión china era 43,6% del PIB y su tasa de ahorro, 47,4%, mientras que la tasa de inversión estadounidense era 20,6% del PIB y su tasa de ahorro, 17,6%.
En toda economía, el déficit fiscal más el déficit ahorro-inversión es igual al déficit comercial. En otras palabras, el déficit comercial estadounidense se origina en su elevado déficit fiscal, que el Sr. Trump ha aumentado, y en sus reducidos niveles de ahorro e inversión, consecuencia de su elevado nivel de consumo, la quintaesencia de la economía estadounidense. Así, responsabilizar a los chinos por el déficit comercial estadounidense es un “cuento chino”. Siendo así, ¿quién será el vencedor de esa guerra comercial? Es evidente que Estados Unidos no lo será pues su proteccionismo tampoco resolverá su déficit comercial.
Últimamente, Trump ha iniciado también una guerra tecnológica. Para el efecto, aduciendo razones de seguridad nacional, prohibió a las empresas estadounidenses tener negocios con Huawei, la empresa china líder de la tecnología 5G. Tal decisión obligó a Google y a otras empresas a romper su relación comercial con Huawei. La medida no parece afectar mucho a Huawei pues estaba a punto de sustituir como sistema operativo de sus smartphones la versión Google de Android, que no es de acceso libre, por su propio sistema operativo, Hong Meng OS. A su vez, todas las aplicaciones ligadas a Google para videos, música, correos, chats, etc. ya existen en versión china.
Los mercados mundiales parecen estar más conscientes que la administración Trump sobre las consecuencias de su nuevo proteccionismo: luego del anuncio sobre Huawei, las acciones tecnológicas estadounidenses sufrieron pérdidas significativas en todo el mundo. La razón es evidente: en reciprocidad podrían perder el acceso a los mercados chinos, quedarse sin el abastecimiento de las llamadas “tierras raras” indispensables para las fabricaciones de alta tecnología, 80% de las cuales provienen de China, y ser sustituidos como abastecedores de algunos componentes y, mundialmente, en las aplicaciones que hasta ahora dominan y que los chinos ya han desarrollado y usan en China.
Más allá de las excusas, la guerra blanda actual, comercial y tecnológica, que Trump está peleando atropelladamente, muy en su estilo, frente a una contraparte estratégica y paciente, es por mantener la posición hegemónica de Estados Unidos en el mundo: “America first” (América primero). No parece haberse dado cuenta de que el mundo es ya multipolar, donde América ya no es “first” en todo, y que ya no es posible volver atrás.
* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.