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Por las mismas razones que no revelé mi voto de primera vuelta, no lo haré en la segunda. No porque no tenga preferencias entre las tres opciones remanentes (Petro, Duque y el voto en blanco), sino por otros motivos. Por un lado, tengo una responsabilidad formal de representación institucional en Dejusticia, que como organización no toma partido en elecciones y, como centro de investigación, alienta una pluralidad entre sus miembros. Por otro lado, como escribí en mi columna sobre la primera vuelta, me cuento entre los columnistas que, en temporadas electorales, se sienten más cómodos llamando la atención sobre variables políticas de largo plazo que sobrevivirán los comicios y que no dependen del resultado inmediato, por muy trascendental que este sea (y el del domingo sin duda lo será).
Por ello en la primera vuelta escribí sobre cómo el estilo político populista (el de la lógica de amigo-enemigo, riesgosa para las instituciones y la democracia) no es un monopolio de la izquierda, sino que ha estado aún más presente en la derecha colombiana, como lo muestra la trayectoria del uribismo. Pero también escribí que, en la segunda vuelta, la variable definitoria sería la distinción clásica entre izquierda y derecha, como en efecto creo que está pasando.
Creo que esa va a ser una de las herencias benéficas de estas elecciones. Independientemente del domingo, un logro histórico del proceso de este ciclo electoral y del proceso de paz es que, finalmente, se abrió un espacio para que la izquierda pacífica sea una fuerza electoral viable, como sucede en las democracias más robustas. Como escribí hace ya casi 15 años en un libro sobre la entonces llamada “nueva izquierda latinoamericana”, en Colombia ese espacio estuvo clausurado históricamente por el efecto doble de la violencia y la cooptación. Intentos de partidos políticos pacíficos como la Unión Patriótica terminaron exterminados por las balas, y las opciones de izquierda terminaron casi invariablemente subsumidas en el establecimiento representado por el Partido Liberal.
El efecto fue que muchos sectores tradicionalmente marginados —desde los pueblos indígenas hasta las comunidades negras, pasando por los jóvenes ambientalistas urbanos— se quedaron sin voz en la política. Y que ahora pueden salir, como lo están haciendo, a votar por una opción pacífica y democrática de izquierda.
Son las ironías de la historia. Por la cavidad abierta por dos fuerzas encontradas —el proceso de paz, de un lado, y el uribismo que hizo trizas el sistema de partidos tradicional, del otro—, en estas elecciones quedarán consolidadas otras dos fuerzas: una izquierda política viable y un voto independiente de centro-centro, ambos con opción de desmontar el monopolio de las maquinarias y el establecimiento. Esas son razones poderosas para analizar con lupa los resultados del domingo: cuántos votos saca quién en cada lugar, cómo le va a la izquierda y al voto en blanco, cuántos son los votos de opinión y los de maquinaria. Son las variables de mediano y largo plazo que serán tan trascendentales como la elección histórica del domingo.
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