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EN MEDIO DE LA CASI UNIVERSAL Y sarcástica alegría que acompañó la divulgación del discurso en cierto modo utópico del senador John McCain en Columbus, Ohio, el 15 de mayo, se puso énfasis en la quijotesca naturaleza de sus ambiciones en materia de política exterior.
Y como consecuencia, una de sus propuestas domésticas más pequeñas y más realistas fue pasada por alto.
“Le pediré al Congreso —dijo el virtual candidato republicano— que me otorgue el privilegio de presentarme en las dos cámaras para recibir preguntas, y encarar críticas, del mismo modo en que el primer ministro de Gran Bretaña aparece de manera regular ante la Cámara de los Comunes”.
Se trata de una propuesta reformista con una genealogía bastante larga e interesante, y habla bien, yo pienso, del hombre que la propone. En el Lincoln de Gore Vidal, se muestra al Presidente rechazando severamente un pedido de los opositores para que haga visitas regulares al Congreso a fin de informar sobre los progresos en la guerra.
Tal vez no era el momento más propicio para que un sitiado y dividido Estados Unidos aceptara el sistema británico, y por un tiempo la idea caducó.
El representante Estes Kefauver, demócrata por Tennessee, revivió el esquema a mediados de la década del cuarenta. Y cuando Walter Mondale fue senador demócrata, a mediados de la década del setenta, él también propuso el método para interrogar al Presidente. (Imaginen si esto le hubiera pasado a Richard Nixon, para no mencionar a Gerald Ford).
A comienzos de 1980, cuando por primera vez me mudé a Washington y en momentos en que el canal dedicado a la actividad legislativa, C-SPAN, estaba comenzando a crear una nueva audiencia —y un nuevo apetito— por una cobertura en vivo y en directo de la política, llegué a conocer al creador de C-SPAN, Brian Lamb.
Él me dijo que uno de los programas más populares era su transmisión de Question Time (Tiempo de preguntas) de la Cámara de los Comunes en Londres, y también del parlamento de Canadá en Ottawa. El resultado de esto, me dijo, fue un enorme y continuo flujo de correo electrónico de los espectadores. Y en la mayoría de los casos, esos espectadores querían saber por qué los líderes de Estados Unidos no se hacían responsables de sus actos de esta manera dramática e irreverente.
Las cartas también deben haber ido en una buena cantidad al Congreso, porque en 1991 el representante Sam Gejdenson, demócrata por Connecticut, formuló un proyecto de ley que condujo a una seria audiencia ante el comité de reglas y procedimientos de la Cámara Baja. Al comité se le expuso una secuencia de un debate —donde posiblemente participó la primera ministra Margaret Thatcher—, pero la propuesta nunca se concretó.
También me dijeron que el presidente de la Cámara de Representantes, Dick Gephardt, después de un elogiado discurso sobre el estado del país, pidió al presidente Bill Clinton que se quedara por allí y aceptara informalmente preguntas de los miembros. Aparentemente, a Clinton le gustó bastante la idea, pero sus asesores lo sacaron con premura, rumbo a la Casa Blanca. (De nuevo, imaginen si la escena hubiera sido al revés: Clinton podría todavía estar parado en aquel podio pidiendo revisar y extender su última respuesta).
Entonces, si estoy bien, esto transforma al senador McCain en el primer republicano en respaldar la propuesta. Me pregunto si él sabe exactamente qué está en juego. En su poema satírico Lord Lundy, Hilaire Belloc describe a un político novato al borde de las lágrimas por una pregunta en el Parlamento que comienza: “a raíz de aquella respuesta…”.
Lord Lundy era ficticio, pero Harold Macmillan, quien fue tal vez el más imperturbable de los políticos de toda la generación Tory de postguerra, una vez confesó que se sentía tan nervioso antes de ingresar en la Cámara de los Comunes para responder preguntas durante su gestión como Primer Ministro, que solía vomitar con frecuencia en los preliminares.
Y es que no hay guión. Los asesores no lo pueden acompañar. No hay advertencias sobre la pregunta verdadera, porque el tópico puede fácilmente estar disimulado dentro de una pregunta simulada o pretexto. Nadie puede llegar a ser Primer Ministro, o continuar como Primer Ministro, si no puede enfrentar la situación.
Por supuesto, la atmósfera es diferente, porque la Cámara de los Comunes está construida a propósito de tal modo que no haya espacio para que todos los miembros se sienten al mismo tiempo. Por lo tanto, los dos grupos de bancos se enfrentan entre ellos en vez de hacerlo frente al orador.
En estas condiciones más atestadas y que propician la confrontación, algo que no puede aplicarse en los decorosos alrededores del Capitolio en Washington, grandiosos perros de presa como David Lloyd George, Winston Churchill y Aneurin Bevan realmente emergieron triunfadores de egregios combates. (Por esta razón uno desearía que Abraham Lincoln hubiera ido al Congreso para enfrentar a sus críticos y defenderse respecto a todo, desde el habeas corpus hasta la proclamación de emancipación de los negros. Basta simplemente usar la imaginación (…)
El modo norteamericano para controlar a la rama ejecutiva es el sistema de comité, que, a su vez, ha sido emulado a través del Atlántico al fortalecer los comités parlamentarios de supervisión e investigación, tanto permanente como extraordinario. Los miembros del gabinete británico también tienen que enfrentar sus tiempos de preguntas a intervalos regulares.
¿Intenta McCain proponer que sus nominados se sometan al proceso? Sería interesante saberlo. Por el momento, sin embargo, él ha hecho una oferta bastante generosa e inteligente. Posiblemente piensa que de esa manera podrá demostrar su compromiso con esa quimera conocida como “bipartidismo”.
Tal vez descubra con rapidez que nada intensifica más el rencor político que una buena sesión de preguntas y respuestas. Pero no hay duda de que la idea tiene buenas intenciones. Lamento observar que la discusión de ella se perdió en buena parte debido a la burla general sobre el resto de utópicas propuestas de McCain.
*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman).
c.2008 WPNI Slate