Publicidad

La pesadilla moral y ética de las navidades

Christopher Hitchens
20 de diciembre de 2008 – 10:00 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

NUNCA ANTES HABÍA SIDO UN ESPEcial aficionado de esa gran comediante que es Phyllis Diller, pero conquistó mi corazón esta semana al enviarme un sobre que, al abrirlo, contenía un trozo de papel marrón, de esos que pueden usarse para satisfacer humildes necesidades en una penitenciaría de mala muerte. Debidamente desplegado, el papel tenía escrito a mano el siguiente saludo:

Escasez de dinero

Los tiempos son difíciles

Aquí está su jod…

Tarjeta de Navidad

No podrían ser mejores mis sentimientos, pero creo que no deben depender de la actual austeridad. ¿No son las navidades una pesadilla moral y ética sin importar si los días son prósperos o no?

El fallecido Art Buchwald se hizo adicionalmente famoso al reimprimir una columna en broma del Día de Acción de Gracias que siguió apareciendo sin modificaciones por varias décadas después de su primera publicación en el Herald Tribune. La columna demostró que el lector tenía un alto umbral de tolerancia. Mi propio deseo es más ambicioso: escribir una columna contra las navidades que se vuelva cada año más feroz, sin dejar de seguir siendo, en esencia, la misma. La objeción central, que reitero cada diciembre por esta época, es que casi por un mes entero los Estados Unidos —un país basado en la separación entre la iglesia y el Estado— se vuelve el equivalente cultural y comercial de un Estado unipartidista.

Como en las sombrías repúblicas bananeras, la lúgubre, siniestra cosa es que la propaganda oficial resulta ineludible. Usted va a una estación de tren o a un aeropuerto, y la imagen y la música del Querido Líder están en todas partes. Usted va a un lugar más privado, como por ejemplo el consultorio de un médico, o un negocio o un restaurante, y se escuchan idénticos, latosos, exasperantes, repetitivos aullidos. Entonces, a menos que usted sea afortunado, surgen las mismas imágenes baratas y de producción masiva, desde muñecos de nieve hasta cunas y renos. Se vuelve más odioso que nunca cambiar las emisoras de radio y de televisión, pues ciertos “temas” oficialmente establecidos han sido programados en el sistema. Y lo más inaceptable de todo: los fanáticos fuerzan a los niños a celebrar el cumpleaños del Querido Líder. Por lo tanto (y ésa es la marca especial de un Estado totalitario) usted no puede trancar su puerta al intimidante, incesante ruido. No, por el contrario, debe traerlo a su hogar para su propia prole. El tiempo que se supone debe estar dedicado a la educación es dedicado a la celebración de acontecimientos míticos.

Originalmente cristiana, esta celebración puede ahora ser acompañada por cualquier otro grupo sectario con un reclamo plausible —Janucá o Kwanzaa— para un día sagrado que acontece cerca del pagano solsticio de invierno.

He acabado de dejar a un costado el Weekly Standard, una revista cuyo enfoque suele ser pertinaz y humorístico. Pero la última edición contiene dos artículos que probablemente no se habrían impreso de no ser por la proximidad del mencionado solsticio. (Para ser justo, lo mismo se puede decir del artículo que usted está leyendo, pero yo reclamo inmunidad bajo los términos de la enmienda “Al diablo con todo eso”). En el primer ejemplo, el talentoso Joseph Bottum se queja de que es difícil escribir un nuevo villancico lírico porque —bueno, ¡porque el modelo existente está compuesto de banalidades propias de un analfabeto!—. Pero él presiona de manera heroica, intentando componer un villancico fresco, aunque admite que la inventada tradición de ese tipo de canciones crea un peso casi opresivo de kitsch.

El segundo ensayo es la reseña, a cargo de Mark Tooley, de un libro cuyo título es Jesus for president (Jesús para presidente) escrito en colaboración con una persona llamada Shane Claiborne. Ustedes conocen muy bien este tipo de cosas: Jesús habría sido un “escudo humano” en Bagdad en el 2003; Estados Unidos es el equivalente moderno del Imperio Romano. Es la usual babosada de la “teología de la liberación”, según la cual todos, excepto los habitantes del Occidente democrático, deben abjurar de la violencia. (A la pregunta sobre si el plan para matar a Adolfo Hitler era moral o no, Claiborne cita como autoridad nada menos que al secretario del Fuhrer, quien afirmó que “todas las esperanzas para la paz se perdieron” después del intento de asesinato de 1944. Eso, como debería ser obvio incluso para la más vacilante inteligencia, sucedió porque el intento fracasó. ¡Qué idiota!).

Pero, ¿por qué una revista para la intelligentsia nos hace esto, y se lo hace a sí misma, este mes? Tooley desea probar que el legendario Jesús habría sido más juicioso y tal vez más neoconservador en estos puntos. ¿Cómo puede él saber eso, o incluso adivinarlo? Tal vez debamos plantear el interrogante de esta manera: imaginen que una evidencia arqueológica y textual concluyente emergió para probar que toda la historia del nacimiento, vida y muerte de Jesús de Nazaret fue una alucinación o una fabricación. Supongan que la madre había admitido tímidamente que, de hecho, quedó embarazada por las razones predecibles. O supongan que encontramos el cuerpo posterior al Calvario.

Cristianos serios, del tipo con los cuales he estado debatiendo en los últimos tiempos, no tendrían otra posibilidad que considerar esas noticias como calamitosas. La luz del mundo se iría; la esperanza de la humanidad habría sido extinguida. (Lo mismo, obviamente, debería aplicarse a los musulmanes que no podrían soportar el shock de encontrar que su profeta era una ficción o un fraude). Pero yo los invito a considerar las cosas con más lucidez. Si todas las historias oficiales del monoteísmo, desde Moisés hasta la secta mormónica, fuesen absolutamente y finalmente desacreditadas, estaríamos exactamente donde estamos ahora. Todas las agonizantes preguntas que ahora enfrentamos, desde la idea de una buena vida y de nuestros deberes entre nosotros, hasta el concepto de justicia y el propio enigma de la existencia, serían tan difíciles y también tan exactamente fascinantes como lo son ahora. Se necesita una mente totalitaria para afirmar que solamente una revelación o profecía o un texto palestino de la Edad de Bronce puede ser nuestra guía a través de este laberinto. Si los totalitarios no pueden soportar la idea de abandonar su adoración de los variados Queridos Líderes ¿no pueden al menos arreglar las cosas para observar sus ceremonias en privado? Ya sea eso o sino renunciar al estatus de libres de impuestos que les debe recordar muy dolorosamente sobre las cosas de este mundo material. (N. del T.Hitchens alude al hecho de que en Estados Unidos, las congregaciones religiosas de cualquier índole no pagan impuestos).

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman). c.2008 WPNI Slate.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido