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FUE APROPIADO EN CIERTO SENTIDO que la primera persona que refrendó la selección de la senadora Hillary Rodham Clinton para el cargo de secretaria de Estado haya sido Henry Kissinger.
La última vez que Kissinger fue propuesto para algún cargo de responsabilidad —liderar la comisión encargada de investigar los atentados del 11 de septiembre de 2001— aceptó ofreciendo palabras elocuentes sobre el gran honor y la responsabilidad que le ofrecían. Y luego, se retiró cuando quedó claro que debería divulgar la lista de clientes de Kissinger Associates.
Es posible que el Senado sea un club, algo similar a la opaca hermandad de nuestros ex secretarios de Estado, pero aún así, resulta difícil ver a la senadora Clinton obteniendo la confirmación. A menos que nuestros representantes electos estén dispuestos a hacer unas pocas preguntas sobre conflictos de interés. Y ¿cómo podrían no hacerlo? La última vez que los vínculos de Clinton en materia de política exterior fueron sometidos a un examen del Congreso, las investigaciones terminaron en una nube de lobreguez que todavía no ha sido disipada.
El ex presidente Bill Clinton, en fecha reciente y de manera poco franca, ofreció someter al escrutinio su propia fundación (vean el trabajo de mi colega de Vanity Fair, Todd Purdum, sobre los deliciosos amigos y asociados que Clinton ha adquirido desde que dejó la Presidencia). Pero el problema real está en otra parte. Tanto el ex presidente como la senadora Clinton, en la época de gobierno, dejaron bien en claro a potencias extranjeras que ellos y sus parientes estaban ampliamente abiertos a las sugerencias de cabilderos e intermediarios.
Solamente para dar los ejemplos más sobresalientes de los escándalos relacionados con la recolección de fondos de Clinton hacia fines de la década del noventa, un comité de la Cámara de Representantes publicó una lista de testigos que habían sido convocados y que se habían “dado a la fuga” y abandonado el país a fin de no formular declaraciones, o que habían invocado la Quinta Enmienda para evitar la autoincriminación. La cantidad de aquellos que no estuvieron en condiciones de prestar testimonio oscila entre 94 y 120. Si usted recuerda los nombres John Huang, James Riady, Johnny Chung, Charlie Trie y otros, recordará el molde en que vaciaron su testimonio. Todos sufrían del síndrome de amnesia adquirida. Mostraban una enorme renuencia a prestar declaraciones. Y a eso siguió una súbita decisión por parte del Comité Nacional Demócrata para devolver sumas bastantes grandes de dinero provenientes de fuentes extranjeras. Mucho de ese dinero en efectivo había sido recolectado en actos políticos llevados a cabo en salones públicos de la Casa Blanca.
Entre tanto, otro comité de la Cámara de Representantes analizó el espionaje chino en los Estados Unidos y la ilegal transferencia de tecnología militar avanzada a China. Presidido por Christopher Cox, un republicano por California, el comité dio a conocer un informe en 1999 que no presentaba una alternativa opinión “minoritaria”. La investigación determinó que la actitud de la administración Clinton hacia la penetración china había sido laxa en un grado abismal (tan laxa, diría yo, como su actitud hacia el dinero fácil de los empresarios chinos vinculados al complejo militar-industrial).
Y después estuvieron los perdones presidenciales. Entre ellos el del financista fugitivo Marc Rich. Luego de que la ex esposa de Rich, Denise Rich, dio grandes sumas para la campaña de reelección de Hillary Clinton y para la biblioteca de Bill Clinton, Marc Rich consiguió el perdón. Edgar y Vonna Jo Gregory, convictos de fraude bancario, contrataron al hermano de Hillary Clinton, Tony, y le pagaron casi un cuarto de millón de dólares, y consiguieron el perdón. Carlos Vignali Jr. y Almon Glenn Braswell le pagaron 400.000 dólares al otro hermano de Hillary Clinton, Hugh, y consiguieron, respectivamente, una conmutación y un perdón presidencial.
Resulta incómodo advertir que una ex primera dama, y una candidata a la Secretaría de Estado, haya sido socia de tiempo completo durante años de sórdidos manejos de dinero en ultramar, o que tiene dos hermanos codiciosos a los cuales no les puede decir la palabra “no”.
¿Tiene implicaciones en la política exterior esta miseria fraternal? Sí. Hasta finales de 1999, los fabulosos muchachos Rodham trataron de obtener la concesión de avellanas de la república de Georgia, que había obtenido la independencia, tras formar parte de la Unión Soviética. Hubo algo quijotescamente espantoso sobre este esquema, pero involucraba vínculos con el principal enemigo político del entonces presidente de Georgia (que posiblemente tenía aspiraciones políticas). Y de esa manera, una vez más, pareció que en Estados Unidos la vasta primera familia del país actuaba como representante de una república bananera.
China, Indonesia, Georgia —estos no son exactamente países desechables para nuestras periferias de defensa, financieras e ideológicas—. En cada país hay intereses especiales importantes que equiparan el nombre de Clinton con la frase “pan comido”. Y ¿me olvidé de agregar lo que el presidente Clinton arguyó cuando su perdón a Rich causó revulsión? Sostuvo que había concertado el acuerdo con el gobierno de Israel en el intervalo del ¡“acuerdo” de Camp David! Así que cualquiera que criticara los perdones debía mostrarse cuidadoso. De lo contrario, sería acusado por la Liga Anti-Difamación, que lucha contra el antisemitismo. Otro espléndido modo de mostrar que todo es honesto, y de convencer al mundo musulmán sobre nuestra imparcialidad.
En materia de política exterior, se ha probado una y otra vez que los Clinton sólo defienden un interés: el de ellos.
Un presidente debe estar convencido de manera absoluta de que el encargado de su política exterior no tiene otra agenda que la que ha establecido. ¿Quién puede decir a cara descubierta que esto es cierto de una mujer cuya ambición personal no tiene límites; cuya segunda lealtad es a un ex presidente que fue llevado a juicio político, expulsado del foro de abogados y desacreditado; y que está dispuesta en cualquier momento, y usando el tiempo destinado a tareas gubernamentales, a aceptar un engatusador pedido de cualquiera de sus protuberantes hermanos?
Es la misma inescrupulosa mujer que hasta fecha reciente estaba dispuesta a jugar la carta racial respecto al presidente electo Obama. Y, pese a su completa falta de calificación para la política exterior, insistió en ridiculizarlo por carecer de lo que ella solamente conocía por medio de un sórdido acuerdo entre bastidores. Algunos podrían pensar que Obama eligió a Hillary Clinton para curar heridas y mostrar magnanimidad. Pero a mí eso me parece imprudencia y masoquismo.
* Periodista, comentarista político y crítico literario, reconocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual. c. 2007 WPNI Slate.