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LA CARRERA SÉPTIMA HA SIDO UN eje estructurante del desarrollo de Bogotá, lugar emblemático de la urbe y laboratorio de distintas e interesantes propuestas arquitectónicas, hoy convertido en el sitio de circulación desordenada de múltiples rutas de buses y sector de dudosa calidad urbana.
A su situación actual se añade la inminente llegada de un Transmilenio ligero, que no tiene posibilidades reales de ser acomodado en el espacio físico de esta vía sin que cause traumatismos. Las asociaciones cívicas implicadas en el debate han demostrado que Bogotá ganaría si asume la penalidad por el incumplimiento del contrato.
La discusión sobre la movilidad en la Séptima debe seguir, no obstante es imperativo ampliar el debate. La ‘recualificación’ urbana de la vía es necesaria, al menos en el tramo comprendido entre las carreras 34 y 72. Recualificar no es más que devolver la calidad perdida, a través de la combinación de diferentes tratamientos urbanísticos. Y para ello hace falta pensar en un proyecto urbano, entendido como ejercicio básicamente arquitectónico de configuración formal de una vía ahora caótica.
Un recorrido por el espacio urbano de la Séptima, en el tramo indicado, obliga a decir que hay aquí un repertorio arquitectónico de muy variada calidad y con diferencias de alturas tan notorias y mal solucionadas que las abundantes culatas, por sí solas, dan la idea de una vía irresuelta, si se quiere, en obra negra. Son escasos los conjuntos patrimoniales que provienen de las primeras épocas de Chapinero o Quinta Camacho y casi siempre hacen las veces de muñones anómalos en un contexto que les es ajeno. Por su valor testimonial, es obligatorio pensar cómo integrar, al proyecto urbano, estos sobrevivientes de la devastación.
Hay arquitectura sólida y de buena calidad de los años 1950 y 1960, que ocasionalmente forma conjuntos de valor urbanístico. Coexiste ésta con vacíos urbanos e inmuebles derruidos y abandonados (lotes de engorde que constituyen una inigualable oportunidad de intervención para generar calidad), arquitectura desechable —de los Bodytech, del Blockbuster, de ventas de carros o de los recientes Éxito Express—, portacomidas y otros especímenes indescriptibles. Contadas excepciones, los nuevos edificios lucen estéticas provenientes de la cultura mafiosa. Me pregunto cuáles son las normativas que han causado tal estrago en un eje patrimonial de la ciudad.
El segmento comprendido entre las calles 39 y 52, en su costado occidental, es particularmente crítico. La mala arquitectura y el deterioro conspiran juntos sin dejar otra opción que la renovación urbana. Candidata a renovación también es la porción entre las calles 56 y 60, en ambos costados. El resto, debe ser objeto de un trabajo paciente de costura urbana, que quizá podría encontrar una fuente de inspiración en la propuesta que hiciera Brunner, en 1935, para ensanchar el espacio público de la Séptima a partir de sugerentes inserciones en las manzanas.
María Eugenia Martínez