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Aunque se diga lo contrario, la declaratoria del Teatro Colón como bien de interés cultural del ámbito nacional no garantiza su apreciación por parte de todos los colombianos.
Los problemas de la valoración patrimonial son más complejos que la simple promulgación de normas y explican por qué, a pesar de su categoría, el Colón no tiene una connotación relevante para un ciudadano corriente de Cali o Medellín, menos de Leticia o Mocoa. Éstos develan también por qué a algún sector de la sociedad bogotana le irritó el retiro de la lámpara de 1948, y no protestó antes por la restitución del baldaquino ni ahora por la adición de una escalinata.
En un país con profundos desequilibrios territoriales, como Colombia, es por lo menos insensato enviar a Arauca la lámpara del Teatro Colón. Pero es igualmente desaconsejado ennoblecer una arquitectura que siempre fue modesta. La gradería instalada a manera de atrio, justo con la intención de enaltecer el Teatro, logra un efecto contrario en la edificación e importuna en la calle décima. Se trata de un intruso que afecta el Palacio de San Carlos y las interesantes visuales del conjunto urbano. A propósito, ¿alguna autoridad sensata podrá ordenar su inmediata demolición? El Colón tuvo marquesina por espacio de unos veinte años. Si la decisión de la anterior intervención era restituirla, me cuesta entender por qué no se optó por un elemento francamente contemporáneo. Deja mucho que desear el cargado baldaquino que imita estilos anteriores. Es una lástima, en todo caso, que estas decisiones más urbanas y públicas no se discutan abiertamente.
Por supuesto que hay otras maneras de abordar las obras de restauración. Presencié en Florencia, Italia, en 1987, la discusión en torno a una perforación en la Plaza de la Señoría, que permitía el acceso a unas ruinas arqueológicas halladas en el sitio. Durante varios días los técnicos explicaban los pormenores de la obra, valiéndose de maquetas de diversas escalas. Concurrían numerosas personas de distintos oficios y variadas profesiones y clases sociales. Ninguno de ellos decidía sobre el refuerzo estructural de la excavación, pero eran interesantes sus opiniones sobre el modo de vivir cotidianamente la Plaza y la inconveniencia de fracturarla. Hoy, vía internet, es posible detallar incluso los costos de restauración del Colón, elevados para quienes han sido cercanos al Teatro.
En suma, la lámpara de Laureano es apenas el nuevo florero de Llorente. Y la discusión en torno al Colón bien podría favorecer un debate más amplio sobre la restauración monumental en el país, debate por lo demás imprescindible.
María Eugenia Martinez