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Creer que el diálogo es el único camino para acabar la guerra nos pone frente a un dilema que es el de confiar en la palabra del “enemigo”. Cuesta convencerse de que quien hizo tanto daño con su violencia pueda honrar la verdad para que no haya repetición y así conseguir el perdón.
El dilema puede resolverse de distintas formas. Una, en el encuentro con ese enemigo que, después de recibir nuestra confianza y a pesar del odio de tantos sectores y de las ganas de seguir en guerra, intenta rehacer su vida, criar a sus hijos y llevarlos a la escuela, crear un negocio, ganarse un sueldo y reincorporarse a una vida a la que tiene derecho cualquier ciudadano.
Dos, en otro encuentro o, mejor, en un topetazo, que significa sentir pisoteada esa confianza entregada y que está ocurriendo, señores del partido FARC, cuando los oímos negar el reclutamiento forzado de menores de edad y la violencia sexual entre sus filas. El martes ante la JEP, Rodrigo Londoño y Pastor Alape negaron que guerrilleros de las Farc hubieran cometido esos delitos, argumentando que “no hacía parte de la política de la organización”. En esa misma línea ha opinado la senadora Sandra Ramírez.
Ante su descarada mentira, los invito a leer dos informes del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH): “La guerra inscrita en el cuerpo. Informe nacional de violencia sexual en el conflicto armado” y “Una guerra sin edad. Informe nacional de reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes en el conflicto armado colombiano”.
Nos dicen las investigaciones del CNMH que el reclutamiento ha “impactado directamente la vida de, al menos, 16.879 niños, niñas y adolescentes en Colombia. Sus edades van entre seis y dieciocho años”. Allí están las Farc mencionadas.
Este es el testimonio de una mujer desmovilizada de las Farc cuyo reclutamiento se dio a los quince años: “Prácticamente los primeros días uno no hace nada, ya es el tercer día que a uno le enseñan que cómo se arma un fusil, que cómo paga la guardia, las instrucciones en el campamento, que cómo hacerse uno cuando va a hacer del cuerpo, que uno tiene que bañarse”.
Aquí, un joven exintegrante del Epl y las Farc: “Cuando me sacaron a orden público iba a cumplir diez años. El comandante me dijo, usted tiene que aprender a ser berraco. Entonces fue cuando me pusieron el alias de un comandante llamado Ignacio Rendón, un tipo muy antiguo en la guerrilla”.
Según los informes, “algunas mujeres que fueron reclutadas siendo niñas o adolescentes relataron cómo fueron presionadas a abortar, incluso en estados avanzados del embarazo”. Además, el CNMH contabilizó 15.076 personas víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual en el marco del conflicto armado. De estas, el 91,6 % han sido niñas, adolescentes y mujeres adultas. Los paramilitares han sido responsables de 4.837 casos y las guerrillas de 4.722 casos”. Ahí están guerrilleros de las Farc como victimarios.
Esto relató una mujer desmovilizada de esa guerrilla, reclutada a los nueve años: “Yo me acuerdo que (sic) a mí me pegó una cachetada la primera vez que él quería estar conmigo y yo no quería, y me insultó, me dijo que allá se hacía lo que él dijera. Y pues yo me puse a llorar”.
Un cierto alivio da oír a los exguerrilleros Martín Vega y Victoria Sandino reconocer que en las Farc sí se cometieron esos delitos, pero repugna oírlos a ustedes, Londoño, Alape y Ramírez, persistir en el engaño. Los ciudadanos que confiamos en los acuerdos, con sus imperfecciones, les exigimos la verdad y el respeto por las víctimas.
* Periodista.