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Por Ana María Urueña Serrano*
La primera vez que una mujer sirvió oficialmente en el ejército fue en 1853, cuando estalló la guerra de Crimea. El Secretario de Estado para las Colonias del Reino Unido, Sidney Herbert, envió a Florence Nightingale con 38 enfermeras más al cuartel de Scutari, a las afueras de Estambul, que pronto se convertiría en un Hospital Militar para el ejército británico. Desde allí, mucho más allá de los cuidados implícitos de una enfermera, Florence, quién también era escritora y estadística, trabajó para mejorar las condiciones higiénico-sanitarias durante la estancia de las tropas que morían más de fiebre tifoidea y cólera que de heridas derivadas de la misma guerra.
Al analizar los datos en retrospectiva junto a la Comisión Sanitaria Británica, encontraron que, de aproximadamente 20.000 muertes, más del 80 % fueron causadas por epidemias de enfermedades prevenibles. La representación gráfica de causas de mortalidad por área sobre un círculo (diagrama de área polar o “coxcombs”) que enlistó Florence, le valió para solicitarle a la reina Victoria que se incluyeran en el ejército las ciencias sanitarias y la estadística para la toma de decisiones.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), hoy hay más de 20 millones de enfermeras en todo el mundo, que como media global conforman más de la mitad de todo el personal de la salud de un hospital, y de ella aproximadamente el 75 % (o más) son mujeres. Según el último reporte del Banco Mundial (BM), la distribución de enfermeros en Colombia es de 1,3 por cada 1.000 habitantes; y de acuerdo con un estudio multicéntrico de la Universidad Javeriana [1], en Colombia, en una Unidad de Cuidado Intensivo (UCI) se dispone, en promedio, de 1 enfermero por cada 5 pacientes, frente a Argentina, donde la relación es de 1:2, y México, con 1:1, lo cual requiere jornadas de trabajo más largas y estresantes que derivan en incidentes o eventos adversos prevenibles.
La pandemia del SARS-CoV2 nos ha servido para anticipar que las medidas de salud pública no podrían contener completamente el brote, e incluso serían insuficientes, lo cual agravaría la situación actual de respuesta por parte de los prestadores de servicios de salud, que ya deben atender una serie de enfermedades preexistentes. En consecuencia, la fuerza de trabajo asistencial tendría que aumentar proporcionalmente su capacidad de respuesta. En su estado más crítico, el COVID-19 requiere unidades de cuidado especializado. El estudio mencionado anteriormente documentó que, en estas unidades, durante un periodo de tiempo determinado, se presentó un acumulado de 1.163 incidentes, el 94 % de los cuales se hubiera podido prevenir cumpliendo con el requerimiento adecuado de la relación enfermero-paciente.
Con una población cada vez más longeva y la actual crisis generada por una pandemia, tenemos una demanda de atención en servicios de salud difícil de satisfacer, agravada por el hecho de que las condiciones de contratación para profesionales son históricamente precarias en Colombia. Todo esto sin mencionar que el personal de la salud, según la OMS, es imprescindible para lograr los objetivos de desarrollo sostenible (ODS), pero la escasez y su distribución geográfica inequitativa se intensifican durante los tiempos de crisis.
El mundo necesita ahora más que nunca profesionales de la salud. Por eso hay que hacer un llamado al intento coordinado entre el Gobierno nacional y el sistema de salud colombiano (en gran parte fragmentado), para que se proyecten garantías laborales dignas de contratación y de bioseguridad, y se incluya en la plantilla de toma de decisiones al personal que conforma más de la mitad de la fuerza de trabajo de un hospital: el de enfermería.
1. Factores presentes en los eventos adversos reportados por enfermería en unidades de cuidado intensivo (investigación multicéntrica). Red Internacional de Enfermería en Cuidado Crítico. Pontificia Universidad Javeriana. 2016.
*Enfermera, Mg. en Salud Pública, Especialista en Cuidado Crítico Pediátrico / @Annieuse